We Don't Belong Here

A Romantic Comedy
por
Maiah Ocando & Gabriel Torrelles

Capítulo 3: Superhéroes

Por Gabriel Torrelles en 30 de marzo de 2018



Maiah y Gabriel regresan a Chicago después de la reunión que cambió sus vidas. Sin embargo, los espera un peligro insospechado y tal vez no sean capaces de evitar la catástrofe.

Escúchalo como audiolibro aquí:

Suscríbete a este audiolibro en iTunes haciendo click aquí.

Suscríbete también en Spotify.

Art by Maiah Ocando

Todo sigue igual.

Chicago está congelándose. No puedo caminar sin resbalarme, no puedo hablar sin cansarme, no puedo sacar el teléfono sin que se me entumezcan las manos.

No hay palmeras. Nadie tiene la piel bronceada ni parece supermodelo. Afuera hay nieve y frío y viento.

Regresamos al mismo apartamento minúsculo tipo estudio que sólo tiene una cama y un sofá. Aquí sigue la ropa que dejamos tirada en el piso cuando nos fuimos, atravesada frente a la cocina, en la puerta del baño, en todas partes.

No hay comida en la nevera.

Enciendo el televisor.

“Nos llaman Chiberia”, dice el conductor del noticiero, como si en lugar de hablar del clima estuviese contando un chiste, y se ríe cuando lo dice, el muy hijo de puta.

Es el fin del mundo.

Está haciendo -27 grados centígrados.

Tengo hambre, tengo sueño, tengo flojera y tengo que sentarme a escribir un ensayo para la universidad.

Le debemos dos meses de renta al edificio y en Venezuela ya no nos quedan bolívares para seguirle dando a nuestras mamás.

Igual allá todo el mundo está pensando en otra cosa.

A nadie le interesa hacer algo más que marchar. Marchar de día, marchar de noche, marchar y marchar y marchar.

“A todo el mundo que le dije que haría que la chama chiquitica fuera una superestrella, especialmente a los que no me creyeron, pues ahí está.”

Maiah está grabando un video que tenemos que publicar mañana y necesita editar como mil que tiene grabados ya. No quiere, pero no nos queda de otra. De esos videos depende nuestra sobrevivencia financiera. Con eso vamos a bandearnos los próximos meses hasta que no nos quede un centavo más.

Entre ocuparse de eso y de un trabajo sobre la historia del teatro que ni siquiera ha empezado a escribir, y entre volver a clases mañana, la temperatura que sigue bajando y bajando, y las fotos que nos llegan de gente con heridas de perdigones en la cara, sabemos que esta noche, como la de ayer, ninguno de los dos dormirá.

La tormenta sigue donde la dejamos. Nada ha cambiado realmente.

Lo único distinto es que Maiah no puede dejar de sonreír.

Ha pasado sólo un día desde que le dijeron que sería la próxima gran estrella de ABC.

Si dejamos por fuera las llamadas inconcebibles que hicimos a nuestras mamás, balbuceando fragmentos licuados de certezas y promesas, no le hemos contado a nadie todavía.

Sabemos que nuestras mamás no entendieron nada, pero no importa. Igual lloraron a moco tendido. Las mamás tienen el superpoder de sentir lo que uno siente aunque lo que estén celebrando sea incomprensible y parezca no tener sentido. Para nosotros, eso es más que suficiente.

La culpa no es de ellas ni nuestra. Es que es imposible de verbalizar. No queremos correr el riesgo de dejarnos llevar por lo que creemos saber o lo que quisiéramos que fuera.

Creo que todavía ni siquiera entendemos bien lo que podríamos contar.

Nos gustaría gritarlo, eso sí. Por la ventana, en las esquinas, en la fila del supermercado, a todos nuestros tíos que viven en un caserío perdido o montados en la punta del cerro.

El problema es que eso sería enfrentarse a una colisión imposible que queremos evitar.

En mi país a nadie le importa lo que nos pasó a Maiah y a mí en Los Angeles, mucho menos si siguen viviendo allá.

Venezuela es un lugar demasiado prepotente para ser tan inhóspito, y su osadía más grande es que lo único importante para los que viven en él es cualquier cosa que tengan enfrente de sus narices.

Que hayamos conquistado Hollywood como lo hicimos, es irrelevante. Es una circunstancia abstracta que no se compara al meneo ceremonioso de culto a la estupidez y a las tetas operadas que todos los años hacen las misses.

“El Ávila es la mejor montaña del mundo”, insisten.

“No hay playas como las nuestras”.

“Lo mejor que tenemos es nuestra gente”.

“Somos el país de las mujeres más bellas del mundo”

“¡¿Qué Hollywood, mijita?! Yo no sé quién coño eres tú”.

Así que no, no le hemos contado a nadie, no todavía. No hasta que ABC lo ponga en una billboard gigante y lo publique en todos lados y todas las revistas y los programas de televisión y de radio de allá que nunca me devolvieron las llamadas, comiencen a marcarme para pedirme entrevistas.

Así voy a poder darme el gusto de decirle uno a uno a esos malditos que no.

No, no le vamos a decir a nadie hasta que nuestro éxito sea incalculable.

No olvides que todo esto forma parte de una venganza personal.

Estoy aquí, con un cuchillo en la boca, haciendo lo que las voces en mi cabeza me dijeron que era impensable.

A todo el mundo que le dije que haría que la chama chiquitica fuera una superestrella, especialmente a los que no me creyeron, pues ahí está.

Gané yo, hijos de puta.

Mírala bien, embutida bajo una pila de bufandas y abrigos de lana, aguantando la risa mientras predico.

Me dice que si alguien me escuchara, nada podría quitarle de la cabeza la idea de que perdí completamente la razón.

Pero ella más que nadie sabe que no estoy exagerando. Esta vez no.

Ella estaba ayer allí conmigo.

Todo sigue igual y también es completamente distinto.

No hay recibos vencidos, clases atravesadas, exceso de trabajo ni tormentas de nieve históricas que puedan contra esto.

Todo lo que pasó allá sigue siendo verdad.

Y se ríe, no de mí, sino conmigo.

Se ríe porque acaba de recibir el mismo correo de Lisa H. que acabo de recibir yo, el mismo que dice “… we will start moving on a deal”, y también porque tiene que ser un espectáculo verme despelucado, sin camisa y en cholas, caminando de un lado a otro del apartamento diminuto del piso 18 en el que vivimos, esquivando las montañas de ropa limpia que están en el suelo, repitiendo una y otra vez, como un loco, que lo hemos logrado, que ya no hay vuelta atrás, que nos vamos a ir de aquí, y que nunca, nunca, nunca jamás vamos a regresar.

II

Nos vamos caminando a la universidad, incluso los días cuando hay tormenta. Podríamos tomar el “L” hasta State St., pero entonces tendríamos que caminar de todas formas a la estación del tren, y luego tratar de enquistarnos dentro del vagón con los cien kilos de ropa que tenemos encima y los bolsos y el piso mojado y las otras mil personas que están vestidas igual.

Mejor caminamos. La nieve es muchísimo menos insufrible que la gente.

De lejos somos dos manchas vestidas de negro haciendo su recorrido diario en medio de una ciudad blanca. Este es nuestro ritual matutino. Los días buenos los rascacielos vuelven a ser fascinantes, como la primera vez que los vimos al llegar a Estados Unidos. Los malos, como este, estaríamos gritándonos para poder escucharnos con las ráfagas de viento que nos pegan en la cara.

Pero esta mañana es distinta, porque aunque hay mal tiempo, Maiah tiene buena cara.

“¿No se siente genial que ya no tienes que decir cuando esté en un canal de Hollywood, porque ya estás ahí?”, le grito tiritando.

“No lo puedo creer todavía”, contesta ella. “Es demasiado grande para ser real. Creo que sigo en shock”.

Luego hace una pausa y sé que debajo de todos los trapos con los que se está tapando para que el frío no le queme la cara, sonríe.

Le sonrío de vuelta, pero la verdad es que por dentro estoy aterrorizado.

Después de pasarse la vida entera cuidándose a sí misma  de las expectativas, Maiah está por fin entusiasmada con algo.

Por primera vez, el equilibrio de este frágil universo al que nunca le había abierto la puerta, con sus cascadas imaginarias de arcoiris, sus unicornios voladores que hacen piruetas en el aire, y sus tiendas con surtido infinito de donas que no engordan, corre peligro.

Siendo honestos, la felicidad indiscriminada es espeluznante.

El realismo de Maiah ha sido hasta el momento la fuerza de gravedad que mantiene el orden en todo lo que nos rodea. Su pesimismo es el escudo que cuida los componentes de nuestro propio sistema galáctico, siempre a punto de colapsar por mi culpa.

Para su desgracia, yo soy la entropía que nos empuja todo el tiempo al borde del abismo.

Por fortuna, pasa que siempre cuando parece que todo está perdido, ella aparece con el esplendor de su sentido común impresionante, y sin más, nos salva de todas esas crisis efervescentes, que si no se controlan a tiempo, pasan a ser catástrofes.

Normalmente somos una película de Michael Bay andante.

Yo soy el que se equivoca y desvía el asteroide a Chicago.

Ella es Bruce Willis en todas las películas que tienen primeras, segundas y terceras partes.

Pero esta nueva Maiah impredecible y optimista es en sí misma una bomba de tiempo.

Me confunde, no la entiendo, es insoportable.

Maiah por primera vez en la vida cree profundamente en algo, y ahora, con el corazón abierto y el cinismo sofocado, se ha vuelto vulnerable.

“Lamento no ser el héroe que el mundo necesita sino el que se pudo encontrar.”

Esto es lo que me preocupa.

Si pasara algo y el contrato que le prometieron no llegase nunca, si esa reunión y sus promesas al final no se hicieran realidad, nadie sería capaz de predecir las consecuencias de esa traición en nuestro cosmos personal.  Tampoco se puede predecir los sacudones terribles de cualquier otra fuerza natural.

Veo a Maiah dando saltitos y bailando de felicidad cuando cruzamos el puente sobre el Chicago River en medio del vendaval. La escucho fabular sobre las posibles permutaciones de su fama futura y contarme que anoche se metió en Internet a ver el precio de los apartamentos en Los Angeles y comparar vecindarios; y tiemblo, no por el frío polar que me está despedazando, sino por el miedo que me da que este invierno se quede alojado en su corazón para siempre, como un Chernobyl sentimental.

En algún lado de mi cabeza hay una vocecita interna que me recuerda que puede que Hollywood no llegue nunca, y me aterra como no tienes idea ponerme a  imaginar las consecuencias nefastas de que algo como eso llegase a pasar.

Llámame paranoico si quieres, pero la chama chiquitica baila y salta sobre la nieve, y puedo divisar el futuro, horrendo, como Sarah Connor pudo ver el día del juicio final en Terminator.

En el futuro veo formarse una reacción en cadena en su corazón. Átomos chocando entre sí, electrones, neutrones y protones danzantes e inestables, que en cualquier momento podrían salirse de control y liberar una cantidad de energía inmensa, con el potencial destructivo para devastar todo lo que nos rodea.

En esta visión los edificios de Michigan Avenue y Wacker Drive se desploman sobre nosotros con la ola expansiva de la explosión, y una llamarada titánica en forma de hongo cubre la superficie entera de la tierra, pulverizando toda forma de vida existente, y causando terremotos, incendios y tsunamis que borran a su paso todas las sonrisas, los suspiros y los sueños.

Cuando la llama se apaga, lo único que queda es una noche colosal que se propaga devorando todos los colores y todas las canciones y todas las cosas que se supone que vale la pena recordar, especialmente los días cuando sientes que tu vida no tiene sentido.

Y en el epicentro de esa hecatombe, con los ojos secos y sus minúsculos puños apretados, Maiah Kaboom, ese mote apocalíptico con el que sería llamada de ahora en adelante, me mira muerta completamente por dentro, odiándome por haberla convencido de que su destino era convertirse en estrella, sólo para descubrir que no era verdad.

No señor.

El riesgo que corre la humanidad es demasiado grande, así que mi única responsabilidad de ahora en adelante es impedir a toda costa que pase todo lo que te acabo de contar.

Si nuestra héroina se nos ha perdido sobre una nube, alguien tiene que ocuparse de protegerla.

El universo cuenta conmigo.

Tú cuentas conmigo para evitar que Maiah estalle en mil pedazos.

El futuro depende de mí.

Lamento no ser el héroe que el mundo necesita sino el que se pudo encontrar.

Esto es lo que hay.

“¿Por qué estás parado así con las manos en la cintura como un ridículo?”, me pregunta Maiah cuando llegamos a la universidad.

Pero no puedo responderle. Ahora este es nuestro secreto. Tuyo y mío. Si voy a salvar al mundo, no puedo andar revelando por ahí ni la naturaleza de mi plan ni mi verdadera identidad.

Es el sacrificio que nos toca. Soy como Superman.

“Voy a entrar a clases, loco”, me dice y me estampa un beso en el cachete. Sacude la cabeza con desaprobación, mirándome extrañada cuando se cierra la puerta del ascensor.

Yo por mi parte miro alrededor. La gente joven sonríe y carga sus libros y sus mochilas y camina de un lado a otro, en cámara lenta, como en una película.

El oficial de seguridad se me queda mirando y me hace una señal con la cabeza. Yo le respondo guiñándole el ojo.

Escucho música épica. En Spotify.

Tranquilo, amigo. Deja que yo me ocupe. No te pasará nada. A nadie le pasará nada.

No mientras yo esté a cargo.

Todo estará bien.

Ahora es personal.

III

“Entonces ¿cuál es la similitud entre las dos estatuas?”, pregunta el profesor.

Maiah está parada con una fotocopia en la mano. Mira el papel en silencio por unos instantes y responde: “¿ambas son en un solo color?”.

La gente del salón se ríe.

“No, no, no. Se ven del mismo color porque la foto es en blanco y negro ya que la editorial necesitaba ahorrar dinero”, explica el profesor.

Maiah dice: “no estoy hablando de la foto, estoy hablando de las estatuas. Tienen un solo color. Son monocro…”

“Descuida”, la interrumpe. “Te entiendo. Todos te entendemos. Pero no son del mismo color. Gracias igual. La próxima vez te explicarás mejor. Ya puedes sentarte. A ver, ¿John? ¿Tú sí entiendes la pregunta?”

What the fuck?

Maiah se sienta rápido, humillada y murmurando entre dientes: “Claro que entiendo la pregunta, hijo de puta. Lo que no sé es cómo decirlo en Inglés”.

Primer update. Mis primeras horas como superhéroe son un fracaso. Hace dos días regresamos a clases, y si mi único trabajo es prevenir que Maiah se vea envuelta en una situación que le cause estrés potencialmente atómico, es evidente que no lo estoy logrando.

Tampoco es que puedo hacer mucho para evitarlo, si soy franco. Todos los días llegamos a la universidad temprano, y desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde estamos siempre en salones de clases separados.

Eso no impide que sepa lo que pasa con ella en todo momento. Para efectos de la historia, vamos a decir de nuevo que es gracias a esa vieja arma secreta, mis poderes telepáticos. Si no, puedes comenzar a creer que la verdadera razón por la que Maiah se está volviendo loca con las clases es porque se pasa todo el día mandándome mensajitos en lugar de prestar atención, y eso no sería justo ni exacto.

El culpable de que todo esté colapsando es el de siempre.

Se trata de su viejo archienemigo, el pérfido idioma Inglés.

Escucha el capítulo 2 aquí.

“El tipo me acaba de volver a preguntar otra vez a mí. Creo que lo hace sólo para dejar en evidencia que no sé construir una oración sencilla sin enredarme. Lo odio con todo mi corazón”, me grita Maiah desde su cabeza.

“Tranquila. Tienes que relajarte y todo saldrá bien”, respondo con la entereza épica del Capitán América.

“Te odio a ti también”, chilla Maiah frustrada.

“No tenemos idea de cuánto puede ganar la estrella del nuevo programa favorito de ABC, pero asumo que no debe ser menos de, no sé, ¿un millón de dólares?”.

Segundo update. Después de estudiar Inglés en un instituto durante todo un año, hicimos la transferencia a una universidad de verdad para cursar un semestre completo que nos dé tiempo de encontrar la manera de cambiar nuestra visa de estudiante a una que nos permita trabajar.

No tenemos más opción. Es la única forma que tenemos de permanecer en este país. Lo único que podemos hacer es estudiar una carrera o encontrar trabajo.

Comenzamos clases el 13 de enero de 2014. Para ese momento nuestra vida tenía la convicción de una ruleta. De repente un mes después nos dicen que Maiah será la próxima estrella de ABC.

Y nos lo dijeron a pesar de que estuve toda la reunión con una semilla negra metida entre los dientes.

Ahora estamos de vuelta en Chicago. Lo único que necesitamos es firmar ese contrato antes de que termine el semestre.

Con el contrato firmado podemos contratar un abogado para iniciar el trámite de cambiar nuestro status migratorio. También tendríamos dinero para pagarlo, porque un abogado en Estados Unidos no es para nada barato, y como es de esperar, todo lo que teníamos lo gastamos cuando pagamos la universidad.

Estamos viviendo al borde, como siempre.

No tenemos idea de cuánto puede ganar la estrella del nuevo programa favorito de ABC, pero asumo que no debe ser menos de, no sé, ¿un millón de dólares?

Es un hecho que eso es lo que ganaba el elenco de Friends por episodio.

Un millón de dólares.

Sí, todo estará bien.

Como ya debes saber, Friends es el punto de referencia que utilizamos para planificar nuestras vidas como estrellas de la televisión gringa, moral y económicamente.

Friends es además nuestra enciclopedia americana y nuestro diccionario de costumbres estúpidas. El vademecum de nuestra adaptación al país más raro del mundo. Cada capítulo está plagado de pistas y patrones conductuales para recién llegados de todos los lugares. Desde manejar la forma correcta de reaccionar a una barista que no sabe preparar café hasta decir cosas increíblemente sexistas y hacerlas sentir como que están bien. Bueno, esto último ya no funciona como funcionaba antes, pero al menos sirve para dar contexto a lo más importante: un montón de frases hechas y comebacks que para Maiah y para mí formaron el volúmen de conocimientos de Inglés con el que llegamos aquí.

Un año después de llegar a este país, tras estudiar por 9 meses un curso intensivo todas las mañana, tras vivir en un idioma que no es nuestro y tener amigos en un idioma que no es nuestro, todavía sobrevivimos nuestro día a día únicamente con frases que aprendimos viendo a Rachel, Chandler, Joey, Monica, Ross y Phoebe en la televisión por cable.

Y dicen que la transculturización no sirve para nada.

En fin.

Dicho de otra forma, desde que estamos aquí no hemos aprendido nada. Sin embargo nadie podría darse cuenta, porque tenemos un papel que asegura que somos “proficientes”.

No sólo podemos manejar una conversación de esas que se llevan día a día, sino que, al menos en teoría, estamos en la capacidad de inscribirnos en una universidad.

Y eso es precisamente lo que estamos haciendo. Tratando de aprender.

No podemos llegar a Los Angeles hablando como aborígenes, especialmente si Maiah tiene que ser la protagonista del programa más importante de ABC.

Hay un millón de dólares en juego.

“Sí, estábamos asustados. Acababan de matar a una miss y a su esposo en un carro frente a su hija, pero esas cosas pasan siempre ¿no?”.

A fin de cuentas, fue para eso que vinimos a Estados Unidos.

Pudimos habernos ido a España o Argentina. Pudimos habernos ido a Colombia o a México.

Pudimos habernos ido a Miami y tener una carrera próspera hablando acento neutro y haciendo de sirvienta o narcotraficante, pero esa ciudad es su propio país.

Pudimos habernos ido a todas partes, pero no lo hicimos.

Nos vinimos a Estados Unidos, the land of the free, the home of the brave.

“A conquistar Hollywood”, le dije a todo el mundo cuando me venía.

Ese era el plan, al menos en teoría.

Sin embargo, en este momento, a nuestro plan no le está yendo bien.

“Maldita sea. A este tipo le dio por hacer un examen sorpresa y yo sabía lo que quería escribir, pero quería escribirlo perfecto. El examen era a mano, además. ¿Sabes lo difícil que es escribir a mano en un idioma que no es tuyo? Pues lo hice y me estaba quedando bastante bien, pero entonces sólo teníamos 20 minutos de tiempo. Yo no sabía que sólo tenía 20 minutos y me los gasté completos en una sola fucking pregunta. Luego el tipo comenzó a pedirle aleatoriamente a la gente que se levantara para leer sus respuestas. ¿Y sabes qué hizo? A mí me pidió que respondiera la segunda. Me paré y le dije: no, sólo contesté una. Y el tipo me dice: ¿Sólo una? Y sacudió la cabeza y me pidió que me sentara otra vez”.

Analizo con detenimiento lo que Maiah dice y concluyo que tiene razón y que el tipo es un coño de madre.

Ya me la pagará.

Iría ahora mismo al piso 6 a golpearle, pero estoy en medio de mi propio predicamento, intentando hacerle entender a mis compañeros de clase que yo soy un genio y que deberían hacerme caso porque todo lo que están diciendo, así lo estén diciendo en perfecto inglés, no tiene pies ni cabeza.

Opto entonces por ofrecerle la acción más inútil de los superhéroes, la de ser reconfortantes.

“No te estreses”, le digo. “Aguanta un poquito más. Pronto nos llegará el contrato de ABC”.

“¿Cuándo llega?”, pregunta Maiah.

Nuestra conexión telepática se queda en silencio unos nanosegundos mientras busco la mejor respuesta, pero no existe.

“No lo sé”, digo encogiéndome de hombros.

Y estoy diciendo la verdad.

Tercer update. También a unas horas de regresar de nuestra reunión en Los Angeles, nuestra vida académica no es lo único que está colapsando.

En Febrero de 2014, Venezuela está por convertirse para siempre en un garabato.

Protestas en Chicago frente a la Tribune Tower.

La información nos llega por fragmentos. Algunas por Twitter y otras por mensajitos de texto. El centro de Caracas es un caos. Nos llegan fotos de patrullas quemadas, heridos por perdigonazos, muertos.

En la capital del país las protestas comienzan el 12 de Febrero, justamente el día después de que regresamos, pero Mérida y San Cristobal estaban ardiendo desde hace rato.

La gente que protesta en las calles lo hace por la delincuencia, por la alta inflación y la escasez. Protesta por los miles de venezolanos que han sido asesinados impunemente desde que la revolución bolivariana llegó al poder. Protesta con razón, por ellos y por todos los que nos hemos tenido que ir.

La gente está arrecha.

Son dos bandos. La oposición venezolana y movimientos estudiantiles por un lado y gente que apoya al presidente por el otro. El Gobierno llama a los líderes de oposición y a los manifestantes “fascistas”, y lo repiten hasta el cansancio, aunque repetirlo un millón de veces no hace que sea verdad.

Es un sinsentido.

Todo esto, las manifestaciones y disturbios que comienzan hoy, dejarán 43 fallecidos, más de 486 heridos, 1854 detenidos y al menos 33 casos de tortura.

Parece mentira que sea el mismo país donde estuvimos hace unas semanas. Parece mentira también que a partir de hoy ese país que ya no existe más.

Estuvimos ahí en Diciembre, luego de haber estado viviendo en Chicago por casi un año. Lo que encontramos era un país distinto al que habíamos dejado, pero que todavía se parecía lo suficiente. Aún podía reconocer sus olores y sus calles, y aún podía sentir que quienes seguían viviendo ahí vivían como gente. Estuvimos en Caracas unos días primero. Renovamos un contrato con un cliente y pudimos incluso planificar el año entero para dejarle todo el dinero que hiciéramos mes a mes a nuestras mamás. Firmamos un acuerdo con un canal de televisión local para transmitir nuestros videos como una sección semanal. Dimos entrevistas en periódicos, estaciones de radio y canales de televisión. Hicimos un encuentro con casi mil fans.

Firma de libros con fans en Caracas y Punto Fijo.

Luego fuimos a Punto Fijo. Unos meses antes Maiah había rentado una casa más grande para su mamá. No hacía falta realmente, pero era una declaración de principios. Maiah se había ido a Estados Unidos persiguiendo un sueño grande y cada hojuela de ese sueño que nos llegara a nosotros la iba a compartir con ella.

Casi todos los días, la visitaba su papá y pasaban la tarde juntos cantando canciones con él y con todos sus hermanos, y por instantes, aunque a veces se fuera la luz como pasa siempre en los pueblos, era como estar en una fiesta.

Y les decíamos que esto lo íbamos a hacer al menos una vez al año.

Cuando nos montamos en el avión de regreso a Estados Unidos, tampoco es que supiéramos que sería para siempre. No es que sospecháramos que al salir de ahí nos cerrarían la puerta desde adentro.

Maiah y yo volando a Caracas antes de regresar a Chicago. Al aterrizar en Maiquetía leímos la noticia del asesinato de Mónica Spears.

 

Sí, estábamos asustados. Acababan de matar a una miss y a su esposo en un carro frente a su hija, pero esas cosas pasan siempre ¿no?

Como a todos, esta muerte y estas protestas nos agarraron de sorpresa. Si no, te juro que nos hubiésemos quedado mucho más tiempo, simplemente para tratar de abrazar a la gente que amamos así sea por un minuto más.

No tendríamos esta certeza seca de que años más tarde Venezuela se convertirá en una ilusión postrera que cada día se hace más difusa e irreconocible.

Es un difunto.

Es muy loco saber cuál es el momento exacto en el que mataron a tu país.

Yo creo que hubo muchos otros atentados antes, pero que este es el fulminante . Yo creo, además, que es desde este punto en adelante, cuando el que fuera uno de los lugares más ricos del mundo pasará a ser un muerto viviente para siempre, un cadaver geográfico que sólo por inercia sigue caminando.

O más bien arrastrándose y llevándose todo colgando consigo.

Venezuela está en caos, pero todavía hay que pagar renta, la cuenta del teléfono y todos los otros recibos. No importa que a la gente en las calles las estén matando.

Tal vez sólo la física cuántica pueda explicar la existencia de estas dos naciones paralelas. La de la pobreza y los muertos, y la de la gente que sale a beber whiskey todas las noches y se monta los fines de semana en su 4Runner para llevarse cincuenta putas a la playa. La de las protestas y las torturas, y la del cliente que te recuerda que tienes que promocionar a juro su oferta del Día de los Enamorados, pase lo que pase, porque así lo exige tu contrato.

Se supone que hay mil cosas que deberíamos hacer.

Pero en este momento estamos viendo otro video en el que un guardia nacional mata a otra persona y todo queda registrado.

“No puedo promocionar en Twitter un video sobre como copiar el look de Selena Gomez. En Venezuela a la gente la están matando”, dice Maiah a la gente a la que le tenemos que mandar los videos.

“Tienes que buscar la manera, porque está en tu contrato”, le responden.

@Sirena5423 Eres una maldita. Claro, como tú no vives aquí. Tú no quieres a Venezuela, puta de mierda.

No, por favor, no. Yo amo a mi país. Mi familia sigue ahí. Esto sólo es por trabajo.

Maiah está desesperada.

Actualiza Twitter una vez más. Le llega otra notificación.

@DiosEsAmor765 Ojalá te mueras.

Que se joda esa gente de mierda, digo yo.

IV

Gabriel: Dime tu nombre completo.

Maiah: Mi nombre es Maiah Ocando y estoy audicionando para el rol de Maiah en “No sé qué hacemos aquí”.

Gabriel: Ok. ¿Qué escena nos vas a interpretar, Maiah?

Maiah: Voy a hacer el monólogo de cuando Maiah está contándole a Gabriel que en clase de Inglés la sentaron a hacer un trabajo en grupo y la volvieron a humillar.

Gabriel: ¡Oh! Me encanta esa escena. Vale, vale. Cuando quieras entonces.

Maiah: Esto es lo que me pasó hoy. Nos mandaron a analizar un artículo y me pusieron en grupo con dos compañeros de clase. Dije un motón de ideas, pero me ignoraron. En serio, era como si yo no existía. Eran ellos dos ignorándome y hablando entre ellos. Me temblaban las manos de la arrechera. Bueno, cuando se acabó el tiempo, alguien tenía que exponer el análisis del artículo que había hecho su grupo frente a toda la clase. Adivina.

Obvio, el profesor de mierda me escogió a mí. Una vez más me hizo levantarme frente a toda la clase para humillarme por completo por no saber hablar inglés. ¿Sabes que es lo que me dio más arrechera? No era que no supiera lo que los dos muchachos de mierda esos habían escrito, porque esta vez no es que yo no estuviese preparada o que no entendiera la pregunta. No, no, no. Esta vez, mientras los dos muchachos estaban hablando de cualquier mariquera, yo me estaba leyendo el artículo. Y era interesante además. Era una vaina de ciencia, con un montón de lenguaje técnico, pero lo entendí completico. Lo que me dio más arrechera es que me paré ahí y sé todo lo que tengo que decir, sé cómo hacerlo sonar interesante o inteligente o como me dé la gana, pero entonces abro la boca para hablar y ¡puff! Nada. No es que no sé qué decir. Es que no sé cómo. No sé cómo decir mis ideas en ese idioma de mierda. Es decir, sí lo sé, en mi cabeza, antes de hablar, tengo las palabras perfectas, pero luego me obligan a intervenir, estoy ahí, todo el mundo me ve y aunque sé todo lo que sé que tengo que decir, no me sale. Es una pesadilla. Como la gente que sueña que está desnuda en un sitio público. Me quedo muda con el salón mirándome completamente en silencio, con un montón de carajitos que apenas acaban de graduarse del colegio y se tapan la boca para burlarse de mí, que soy una vieja con tres carreras universitaria y que está estudiando una cuarta, y encima, con ese silencio de mierda, tengo esta vida infernal en la que no me da tiempo de nada, ni de comer, y me suena el estómago. No es un gruñido, no es un refunfuño gastrointestinal que se pueda disimular, es un lamento largo, grave, que muta como si tuviera una bestia despertándose en mi estómago a punto de atacar y…

Ya va.

Dude, esto no debería ser así.

Es decir, es ridículo.

Todas las escenas son de Maiah quejándose con Gabriel de que le pasa algo y luego Gabriel ni siquiera hace nada realmente, si no que le dice “tranquila nena, todo va a pasar”.

¿Qué guevonada es esta?

Gabriel: Bueno, lo que pasa es que a Gabriel le preocupa que todo lo que ocurre te esté afectando, es decir, a tu personaje.

Maiah: ¡Por supuesto que le afecta! Pero él no puede venir a pretender que está haciendo algo al respecto.

Gabriel: Creo que no estás entendiendo la motivación de los personajes. Maiah tiene un contrato con un canal de televisión y la están esperando en Hollywood para convertirla en una estrella. Está presionada, porque no puede fallar. Además todo el mundo depende de ella, incluso él. Es por eso que Gabriel está ahí para motivarla, para animarla, para salvarla.

Maiah: ¿Salvarla? Maiah no necesita que la salven ¡Yo no necesito que me salven! Eso es increíblemente egocéntrico de tu parte. ¿Que no entiendo la motivación de los personajes? Vamos a quedarnos un poquito en este punto porque fíjate tú que es importante. Su motivación, tú motivación, no es que yo me sienta bien con lo que estoy haciendo, es que TÚ te sientas bien y que yo sea famosa para que TÚ seas famoso. Te sabe a mierda si realmente quiero hacer esto. Te sabe a mierda si tengo que quedarme días sin dormir editando unos videos que no me interesan.

Gabriel: Esos videos nos trajeron aquí. Nos dieron un contrato con ABC.

Maiah: Que se vaya a lavar ese culo ABC

Gabriel: (Grito ahogado de indignación) No te atrevas a hablar mal de ABC…

Maiah: El problema no es ABC. El problema no es que estamos hasta el techo de trabajo. Yo sé que tengo que hacerlo porque necesitamos dinero para mandar a Venezuela y para vivir. El problema ni siquiera es que el profesor de Inglés me odia. El problema eres tú que me estás volviendo loca, porque crees que soy perfecta, y no lo soy, coño. Y tú tampoco lo eres. Y está bien, nadie lo es. Pero tampoco soy una carajita indefensa. Yo sé que no quieres que me pase nada y te amo por eso, pero si vamos a hacer esto, si vamos a conquistar Hollywood de verdad, tiene que ser a mi manera. No puedes cuidarme siempre, Gabriel. No puedes y no quiero. No eres un superhéroe. No necesito uno. Te necesito a ti para que estés ahí mientras encuentro la forma de que nos riamos de esto cuando finalmente comience a creer en mí.

¿Ok?

Gabriel: Ok.

Maiah: Ahora espabílate que te pasaste de la estación de Clinton y te vas a tener que bajar en Morgan y caminar hasta la casa.

Corte.

” El problema eres tú que me estás volviendo loca”.

Entro al apartamento y encuentro a Maiah sentada en una esquina con los ojos hincados en el teléfono.

Me siento junto a ella y se lo quito suavemente de las manos.

“No puedes seguir leyendo todo lo que pasa en Venezuela todo el tiempo. Te vas a volver loca”, le digo.

“Los están matando. Los están matando y nadie hace nada”, contesta.

“Tú tampoco puedes hacer nada. Ninguno de nosotros puede”.

“Son unos asesinos”, dice.

Luego me abraza.

“No quiero ir más a clases”, me dice.

“Tenemos que ir, al menos hasta que se acabe el semestre”, digo yo.

“Odio a mi profesor de Inglés. No, más bien, mi profesor de Inglés me odia. Y todo esto de Venezuela me está volviendo loca”, dice ella.

“Tienes que tener la mente despejada para otras cosas”.

“¿Ah sí?”

“Claro, tienes que seguir preparándote para ser la actriz de mi serie”.

“Gafo”.

“¿No te dije? Me dijeron que en unos días nos mandan el contrato de ABC”, dije.

Mentí.

Quiero creer que no se dio cuenta.

V

La mañana siguiente, Maiah no ha dormido nada por quedarse toda la noche en vela viendo noticias de Venezuela. Ese día no tengo clases hasta la tarde, así que le toca irse hasta la universidad sola y con frío, aunque hace unos días al menos volvió a salir el sol.

Todavía con lagañas en los ojos, se encuentra con que ninguno de los ascensores sirve. Le toca subir seis pisos por las escaleras, junto a una manada de gente que también va tarde.

Su salón ya está lleno y el profesor maldito tiene los temas de la clase de hoy anotados en el pizarrón. Maiah entra lo menos estrepitosa posible, pero igual todo el mundo se da cuenta. Quedan únicamente dos asientos disponibles. El que hubiese querido está al lado de la puerta, pero está justamente detrás de un muchacho que tiene el más terrible olor corporal. Días antes le tocó sentarse cerca de él y sintió como la vida se le iba del cuerpo por la boca, cada vez que el aletazo inaguantable del joven le llegaba a su nariz, la cual es particularmente sensible. Así que tiene que decidirse por el otro asiento disponible, en primera fila, enfrente al escritorio principal, bajo el escrutinio sádico de su maligno adversario universitario.

Lee el capítulo 1 aquí

La clase pasa sin mayores incidentes. El profesor está particularmente huraño y los pone a escribir una composición estúpida sobre cualquier cosa mientras se sienta a corregir unos exámenes. La compañera que tiene sentada al lado la mira, frunciendo el ceño:

“Psss”, le dice.

Cuando Maiah se da cuenta de que están hablando con ella, levanta la cara del pupitre y le dirige a la chica una sonrisa amable que esconde un quejido silencioso que sugiere lo poco interesada que está en tener esta conversación y lo mucho que preferiría que la dejaran terminar su composición en paz.

“¿Hueles eso?”, pregunta la muchacha.

“¿Qué?

“Eso. Huele terrible”, dice y usa los labios para señalar encubiertamente al maloliente compañero de la fila de atrás.

Maiah se ríe en complicidad con su compañera y cuando se ríe inhala profundamente. Tiene razón. Huele terrible. Pero no puede venir de tan lejos. Además, ella ya se había sentado detrás de ese muchacho. Ese olor era horrendo, pero no era este. El de hoy se le hace incluso familiar.

Sus ojos se abren como dos huevos fritos.

Su compañera se voltea para comentarle lo mismo al chico que está sentada del otro lado. Aprovechando la distracción, Maiah baja la cara con disimulo para acercarla a su propia axila.

El olor viene de ella. Se bañó, se vistió, caminó desde su casa hasta la universidad con sopotocientos abrigos encima, subió seis pisos por la escaleras en un edificio con la calefacción a toda capacidad, y se le había olvidado echarse desodorante.

La compañera voltea de nueva y vuelve a inhalar.

“Pero huele como si el olor viniera… de aquí cerca”, dice extrañada.

Maiah se levanta disimuladamente y sale del salón. No sabe muy bien qué hacer y se mete en el baño. Abre el grifo del lavamanos y de repente estalla el ruido de una alarma.

“Atención, atención. Este es un simulacro de incendios. Mantenga la calma. Salga de su salón de clases y camine ordenadamente hasta la calle”, escucha que dicen en el altavoz.

Maiah no sabe si salir o quedarse. Quiere irse de ahí pero no quiere encontrarse con nadie. Si esto no fuera un simulacro sino un incendio de verdad, quedarse pensando en esta estupidez haría que la encontraran muerta. La encontrarían calcinada, pero al menos nadie se daría cuenta de su tribulación.

La alarma no ha dejado de sonar, pero ya no escucha pasos. Maiah se arma de valor y finalmente sale.

En el pasillo no ve a nadie. Súbitamente siente que le tocan la espalda y se voltea del susto. Es un policía que la regaña por quedarse ahí y no seguir las instrucciones de desalojo.

“Está poniendo en peligro su vida, señorita”, le dice.

“Sorry, sorry, ¡Feliz navidad!”

El policía se le queda viendo y menea la cabeza.

Maiah baja corriendo las escaleras del edificio vacío y cuando sale se escurre sin que ninguno de sus compañeros, que están fumando en la puerta, se dé cuenta.

Cruza la calle, dobla a la derecha y entra en Wallgreens. Ahí entre las pinturas de uñas y los decolorantes de pelo están los desodorantes.

Lo logra todo sin llamarme. Está orgullosa de sí misma.

Maiah asegura que aunque no cree en Dios, de todo lo que le ha pasado, esa alarma es lo más parecido a un milagro.

Yo simulo que la escucho contarme lo que pasó, ya en casa, con mi famosa media sonrisa y escuchando en los audífonos un disco de David Bowie de 1977.

Oh, we can beat them, forever and ever.

No hace falta que me cuente nada, honestamente.

Está bien que no crea en Dios, pero debería creer más en superhéroes.


No sé que hacemos aquí es un libro y es una serie y es ninguna de esas dos cosas a la vez. Todo lo que te contaré en cada episodio pasó realmente. A veces serán historias de cómo logramos comernos el mundo cuando creíamos que todo estaba perdido, otra veces son cosas que hasta este momento nunca quisimos decirte. Creo que si mucha gente lo lee y lo comenta y lo comparte podemos lograr que se convierta en un libro de verdad, o tal vez, si cruzo los dedos y sigo soñando con imposibles, hasta en una serie. Por ahora, sólo queremos ser honestos ya que Internet es una mentira. Estos son nuestros fracasos, nuestros altos y bajos, y también nuestras victorias. Nuestro recuento de que como tú y como todos también la hemos pasado mal. Y de que a pesar de todo, aquí seguimos, sin rendirnos, y en mi caso, escribiendo la historia de mi persona favorita.

Comments

comments

Historias Relacionadas

Podcast 140: La navidad de la locura

Por Maiah Ocando en 17 de diciembre de 2018

Leer Historia

PODCAST 139: Por qué nos hicieron un altar

Por Maiah Ocando en 05 de diciembre de 2018

Leer Historia

PODCAST 138: Satan is waitin’

Por Maiah Ocando en 04 de diciembre de 2018

Leer Historia