We Don't Belong Here

A Romantic Comedy
por
Maiah Ocando & Gabriel Torrelles

Capítulo 2: La cosa negra entre mis dientes

Por Gabriel Torrelles en 16 de marzo de 2018



Ese día nos follamos a Hollywood en el trasero.

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Art by Maiah Ocando

Es Febrero de 2014 y Maiah y yo estamos volando de Chicago a Los Angeles para conocer a la VP Ejecutiva de Daytime de Disney-ABC. Primero haremos escala en San Diego por un par de días para grabar un comercial, y luego un asistente de producción nos llevará por carretera hasta Los Angeles para que pasemos la noche en un hotel. La mañana siguiente, los managers de Maiah nos recogerán temprano para ir hasta los estudios de ABC en Burbank, donde nos espera una gente de la que lo único que hemos escuchado decir durante semanas es que “se mueren de las ganas de conocerla”.

Antes de aterrizar, leo por quincuagésima vez el correo con el itinerario y los nombres de todos los involucrados. Es difícil que no me entren ganas de pegarle a la pared del avión con la cabeza, como para que si algo está dañado, se me arregle de golpe.

Es lo mismo que que se hace con el control remoto cuando no te muestra el canal que quieres ver. Las cosas que no sirven se arreglan a trancazos.

Por supuesto que sospecho que algo raro está pasando, porque parece soy el único que ve al gremlin masticando el ala del avión. No digo nada, pero admitamos que en el mundo real no pasan cosas como esta. Tú no te mudas a Estados Unidos desde el país más niche del mundo para estudiar Inglés con muchachitos de 16 años, y un año después, de la nada, una de las ejecutivas más pesadas de Hollywood anda diciéndole por ahí a la gente que “se muere de las ganas de conocerte” sólo porque se encontró con tus videos en YouTube.

Me tienen que estar mintiendo.

No, esas cosas no pasan. Pero nos está pasando a nosotros y de repente siento aún más potente en el estómago el vacío del avión cuando desciende. Maiah está a mi lado mirando por la ventana tarareando cualquiera que sea la canción de Beyoncé que escucha. Cuando aterrizamos en California, envidio que tenga la habilidad de mantenerse desmemoriada, como si de verdad no le importara nada.

“Y eso que todo fue desde el principio no más que una broma que se extendió de más.”

Yo no puedo. La culpa es mía que creo en cosas a todas luces quiméricas sólo porque me gusta permanecer permanentemente hundido en la frustración. Pero Maiah, al no comprometer sus emociones con nada que no suene realista, sigue adelante conservando por completo su dignidad y recibiendo por la vida sólo heridas superficiales.

Diría ella, si le preguntaras, que prefiere andar blindada esperando que siempre pase lo que tenga que pasar, y esa es la muestra irrebatible de que su inteligencia emocional es superior a la mía.

Yo soy más bien el que se pone enfrente del tipo con el cuchillo y le hago el favor de abrirme la camisa a la altura del pecho, para que no se le ocurra fallar cuando me lo clave en el corazón.

Soy bruto de las entrañas y de la cabeza, y me consumo, guindado de la posibilidad más ínfima, como un loquito con una mano de póker terrible que decide apostarlo todo, porque siempre es probable que el otro tenga una mano peor.

Pero igual aquí estamos, llegando a California, muy a pesar del fatalismo pragmático de mi mujer, porque tal como lo predije, subir a YouTube videos ridículos de “cómo vestirte según tu tipo de cuerpo” y “cómo tener las cejas perfectas” hizo que una ejecutiva de Hollywood quisiera reunirse con ella.

Triunfamos.

Vencimos el puto sistema.

Somos Belinda fuera de sí gritándole a la cámara que está ganando, como siempre.

Y eso que todo fue desde el principio no más que una broma que se extendió de más.

Aquí tienes la verdad.

Ni Maiah ni yo quisimos nunca decirle a la gente cómo vestirse según su puto tipo de cuerpo.

Si te ayudamos en algo fue accidental.

No era que te estuviésemos mintiendo. Estábamos haciendo una impresionante obra de arte conceptual en la que nosotros éramos los sujetos. Estábamos interpretando una película que nadie estaba filmando y en la que cada escena pasaba en la vida real. No nos puedes culpar por ser maravillosos haciéndolo. Nadie metería preso a Al Pacino por interpretar magistralmente a un ciego.

No puedes tirarnos piedras por ser increíbles actores de método.

No, nunca fue que te estuviésemos mintiendo. Gente hermosa de todas partes del mundo nos vio cada semana contar chistes malos sobre lo mal que nos queda a todos la ropa, escribimos libros y vendimos miles de copias, le enseñamos a vestirse a millones de personas, pero todo eso pasó únicamente porque si nosotros nos metemos en un problema nos tenemos que meter hasta el fondo. Pasó porque somos unos perfeccionistas que preferimos que nos caiga un camión encima a hacer las cosas mal. Pasó también porque pintarle el dedo medio al mundo es jodidamente divertido.

“Si lo lográbamos, si conseguíamos que América la viera, te juro que este país termínaría tan enamorado de ella como yo. “

Pero nunca porque fuera lo que queríamos hacer.

Lo único que realmente queríamos era conseguir que Maiah saliera en televisión a toda costa.

No es por lo que crees. A Maiah honestamente le da igual ser famosa.

Siempre ha habido detrás una motivación muchísimo más intrincada, otra vuelta de tuerca, y no es para nada la que sospechas.

Que Maiah saliera en televisión es lo que queríamos, porque si lo lográbamos, si conseguíamos que América la viera, te juro que este país termínaría tan enamorado de ella como yo.

Llámame loco, pero sé que con esto siempre he tenido la razón.

“Los abrazos en Hollywood son distintos a los abrazos en cualquier otra parte. No tienen afecto, y después de un tiempo, tampoco tienen efecto.”

Si lográbamos que Maiah saliera en televisión, que millones de personas la vieran así sea por unos minutos, nuestra vida cambiaría por completo. Maiah sería una estrella y yo podría por fin hacer lo que quisiera. Hollywood me dejaría escribir una serie de televisión, una serie sobre ella. Seríamos millonarios, con dinero a borbotones y casas gigantes y carros y aviones. No, no estoy loco. No insistas en decir en voz alta que lo piensas porque no te escucho. Es el poder del pensamiento positivo. El descaro y el delirio como motor. Es que cuando creo en algo no hay nada que no esté dispuesto a hacer para lograrlo, incluso a pesar de mí. Esas cosas no pasan, pero podría estarnos pasando a nosotros. Hacen libros sobre eso. Hacen películas que van al Oscar, series que te arrugan el corazón. Te lo juro. Sólo necesitamos a Maiah en televisión. Estábamos convencidos de eso. Y digo “estamos” tomándome una licencia poética gigantesca, porque si estamos en esto de ser sincero, el único motor de este disparate siempre he sido soy yo.

Soy yo el que quiere que todo esto pase porque soy yo el que se vino a Hollywood a escribir la mejor serie de televisión del mundo sólo para restregárselo a la gente que odio y que alguna vez me dijo que no lograría nada con mi vida.

Maiah, en cambio, lo que hace es ir surfeando conmigo manteniéndose lo más sensata que puede para quedarse viendo qué tan lejos puedo llegar con mi insensatez. Como una niñera que sabe que el niño que tiene que cuidar está escondido debajo de la cama, pero se hace la loca, porque quiere averiguar cuánto aguanta el muchacho antes de rendirse y salir corriendo a hacer pipí.

Hay gente que prefiere hacerse pipí encima antes que dar su brazo a torcer. Y hay gente como Maiah, que sólo quiere ver arder al mundo.

Eso sí, Maiah es una mujer seria y prudente, pero eso no quita que al final también sea una sinvergüenza. Total, al darme cuerda, al no detenerme, no sólo es cómplice, sino además, es la mente maestra ¿no?.

Se lo digo cada vez que me acusa de ir muy lejos.

¿Quién está más loco? ¿el loco que quiere llegar en helicóptero a la punta de la montaña sin saber cómo diablos se maneja uno o la que sabiendo que está loco, no sólo lo deja manejarlo sino que se monta con él?

Pero lo que importa es el plan, no lo que ella piensa, y la lógica del nuestro era y sigue siendo irrefutable. No tengo duda alguna. Vuelvo y repito. La única cosa que necesitamos para que Maiah sea una superestrella es que logremos que salga en la televisión.

Esta sería la secuencia de los acontecimientos. Primero saldría en la tele. Los ejecutivos, junto al resto del mundo, caerían rendidos ante ella. Después, para evitar que su genialidad fuese seducida por la competencia, le ofrecerían libertad creativa absoluta para hacer el proyecto que quisiera. Y ese sería el momento culminante de nuestra confabulación maquiavélica. Maiah diría en una reunión, como quien no quiere la cosa: “bueno, aquí pensando, creo que tengo una idea para una serie”. Y cuando ellos, asegurándose de no querer perturbarla y queriendo que esté contenta, sacaran de la gaveta la libretita que contiene los nombres de los grandes escritores de televisión (en mi cabeza, los ejecutivos de Hollywood tienen todos una libretica secreta con el teléfono de la gente importante), y propusieran llamar a Shonda Rhimes o a Ryan Murphy para que la escribieran, ella diría, ahora que ya no pueden negarle nada, entrelazando los dedos de las manos como una supervillana que revela su plan maestro: “no, no, no. Yo lo que quiero es que esta serie la escriba mi novio Gabriel… Muaja… Muajajaja… Muajajajajajajajajajajajaja”.

El avión finalmente deja de moverse sobre la pista, pero todavía no nos dejan salir. Maiah sigue escuchando a Beyoncé mientras mira por la ventana, y yo, que no sólo hago unos planes de conquista mundial excelentes, sino que también puedo escuchar sus pensamientos telepáticamente, sé que es en esto y no en otra cosa en lo que piensa.

Sé que el sentido común le manda mensajes por todas las vías posibles, avisándole que no hay nada que pueda evitar que eventualmente salgamos con las tablas en la cabeza, y que eso la mata de ansiedad aunque no lo  demuestre. Pero también sé que hay un pequeño pedacito de imprudencia en su interior recordándole que contra todo pronóstico y aunque parezca mentira, nos acaban de volar desde Chicago hasta California, y que por más chiflado que parezca, en dos días tendremos una reunión con la VP Ejecutiva de Disney-ABC, que por cierto (por si no lo he dicho lo suficiente a lo largo de esta historia): “se muere de las ganas de conocerla”.

 II

Downtown LA, February 2014

Los noticieros matutinos de Los Angeles son aterradores. Siempre hay un loco armado disparando y cinco patrullas de policía acorralando a alguien. El sol entra por la ventana como si fuera un día maravilloso, y quieres creer que verdaderamente es cierto, pero en la tele pasan un montón de carros devorándose entre sí sobre la autopista y luego cortan a dos asesinatos y un arrollamiento. Frío, calor. Frío, calor. Definitivamente, esa imagen no es la mejor para comenzar el día.

Después de un año viviendo en Chicago, ver violencia real en televisión afecta. Maiah y yo nos acostumbramos a ver noticias de gatitos rescatados por bomberos y gente haciendo fila para probar la pizza más grande del mundo. Las cornetas en la calle, el sol que entra por la ventana, y sobre todo, las noticias en la tele, nos devuelven a Caracas y nos atormenta que al poner un pie en la calle alguien pueda salir de la nada a meternos un tiro en la cabeza.

No es lo mismo ni se escribe igual, lo sé, pero a todo el mundo que sale de Venezuela le pasa. Siempre tienes miedo de que un día despiertes y te des cuenta de que nunca te fuiste, de que te quedaste ahí con tus sueños muriéndose de mengua, tratando de encontrar un pollo entero y latas de sardinas hasta que llegue el día siguiente o hasta que tengas que meter la cabeza en la basura.

“No importa lo mucho que la ames ni el tiempo que tengan juntos, nadie, absolutamente nadie, quiere ver a su pareja haciendo pupú.”

Debe ser como lo que sienten las personas a las que le amputan las piernas.

Maiah y yo no dormimos bien la noche antes de la reunión. No es por nervios sino por desorientación. La habitación del hotel es muy pequeña, muy artística y muy de todo lo que una habitación de hotel nunca debería ser. Lo que más nos atormenta es que la habían estructurado con un desequilibrio decorativo impresionante, y aún peor, intencional. Tiene muebles modernos tan modernos que ni siquiera por ser muebles lo dejan a uno sentarse, y uno de esos innecesarios baños sin cortinas, sin puertas y sin sentido, que además lo convierten en una pesadilla agresiva, arquitectónica y moral.

No importa lo mucho que la ames ni el tiempo que tengan juntos, nadie, absolutamente nadie, quiere ver a su pareja haciendo pupú.

A las 7 de la mañana en punto, los managers de Maiah están esperándonos en el lobby para llevarnos a las oficinas de Disney-ABC. El recorrido no es ni largo ni corto. Ahora que tenemos tiempo viviendo en Los Angeles, entendemos que las distancias son las que son y que nunca se es lo suficientemente precavido para intentar llegar temprano. Nadie llega temprano a ningún lado en Los Angeles, pero nadie se angustia por ello. El recorrido es el recorrido. Es una traslación axiomática. Habíamos estado en la ciudad únicamente una vez antes de esta, para algo que merece su propia historia, y en esa oportunidad la dinámica fue distinta, como ver de lejos a una persona fea.

En este viaje, en cambio, más bien es como pasarle por el lado a la persona fea, dar la vuelta a la manzana y regresarse para verla de cerca. Uno está obligado a detallarle las cicatrices, comprender las minucias de su mecánica, y darse cuenta de que si te la llegas a llevar a tu casa por la borrachera, no habrá forma ni manera de que logres sacarla de ahí a menos que le caigas a martillazos hasta matarla.

Los Angeles es una cosa monstruosa que vive y respira carros que se montan unos sobre otros, pero que al final nunca interactúan entre sí. Como gente que se odia con pasión sin conocerse en realidad. A dónde mires, nadie te mira de vuelta, pero si pudiesen, si tuviesen la oportunidad, te pasarían el carro por encima.

Mientras rodamos, Maiah responde por inercia a las indicaciones de sus managers respecto a lo que la reunión pretendía ser y las expectativas que debíamos tener. Se queda mirando por la ventana y yo me quedo mirándola a ella. Cuando un encuentro así de importante está por pasar, cuando está a punto de conocer a alguien crucial, Maiah tiene la costumbre de hablar sola, como una loca. Es algo que sólo yo noto y que siempre me ha parecido adorable, pero vamos a estar claros, si lo miras con objetividad, también es bastante aterrador. Tipo que despiertas a mitad de la noche y ella no se ha dado cuenta y está mirando al techo con los ojos pelados hablando sola. De ahí a que saque un cuchillo de debajo de la cama hay un paso.

Lee aquí el capítulo 3: Superhéroes

No creo que la tipa que la ve desde el carro que tenemos al lado piense que es adorable, sin embargo. Lo que piensa, si acaso, es que Maiah está frita. Pero todo el mundo está loco de alguna manera en Los Angeles. La VP Ejecutiva de Disney-ABC, que se muere de las ganas de conocerla; sus managers, pagándonos un viaje desde Chicago para llevarnos a esa reunión imposible; y yo, convencido de que si arrugo la cara lo suficiente puedo leer los pensamientos de mi novia con total claridad.

La verdad es que de las millones de personas que están en esta ciudad, y de las cuatro personas que estamos montadas en ese carro, la única cuerda es ella, ahí arrinconada hablando sola, repitiéndose la misma frase una y otra vez, porque es la única de todos los que estamos ahí que parece darse cuenta de que estamos frente a un problema real: en unos minutos se va a reunir con una ejecutiva de Hollywood, una ejecutiva de verdad, y no tiene la más puta idea de cómo coño es que se puede lanzar por ese barranco cuando es una verdad del tamaño de una casa que Maiah no sabe hablar inglés.

“Los Angeles es una cosa monstruosa que vive y respira carros que se montan unos sobre otros, pero que al final nunca interactúan entre sí.”

III

Burbank es un lugar caluroso, incluso en Febrero. Es un descampado gigante con edificios de una sola planta esparcidos casi que de a uno por cuadra. Cuando te vas acercando a los estudios de Disney, las edificaciones se van amuñuñando para crear un paisaje de casitas prefabricadas idénticas, alineadas una junto a otra detrás de una hilera gigante de cercas blancas interminables que protegen jardines meticulosos y verdes, a pesar de la sequía y el calor y el sol.

Uno comienza a sospechar que está metido en la secuencia colorizada de una película de los años cincuenta, y eso te hace sentir algo extraño, casi familiar, hacia cada caseta de vigilancia, árbol y señal de tránsito, como si estuvieses viendo una película vieja. Pero al mismo tiempo, te invade el espanto inmediato de esa familiaridad, porque si todo lo que ves parece una película, todo lo que estás viendo, todo lo que estás viviendo y todo lo que piensas, es muy bonito, sí, pero podría ser falso.

Llegamos con tiempo suficiente para meternos en un Starbucks cercano y comernos algo. Todo el mundo pide un café menos yo, que por no dejar, pido un bagel y una botella de agua. Nos montamos de nuevo en el carro y uno de los managers de Maiah pregunta, bromeando, si ya estábamos listos para ir a buscar la plata de nuestra nueva casa en Malibu. Todo el mundo ríe, a carcajadas, menos Maiah, que se pone pálida de repente, pelando los ojos y clavándome las uñas en las manos.

Yo aguanto como un varón, confundido por su inesperado arrebato violento, y entonces se me acerca y me dice: “coño de tu madre, tienes una semilla entre los dientes”.

Lee aquí “Capítulo 1: Es así como supo que su mamá estaba enferma y podía morirse”

IV

ABC Offices, Burbank, CA (February 2014)

ABC es una de las cuatro grandes cadenas de televisión de Estados Unidos, junto a NBC, CBS y FOX. Las cadenas de televisión son el núcleo de un complejo rompecabezas mediático que tiene estudios de cine, parques temáticos, radios y televisoras regionales a lo largo y ancho de los cincuenta estados, eso sin contar canales más pequeños, de cable, equipos deportivos, telefónicas y quién sabe qué más. Es una máquina de hacer dinero, pero también, un negocio moribundo. Tú no ves televisión, yo tampoco la veo, pero eso sigue sin importar. Todavía hay una tormenta de miles de millones de dólares que asegura que sí, aunque sea una verdad a medias. Nadie se sienta a esperar semana a semana el capítulo de nada. Lo ves cuando te da la gana, y eso puede significar que sea una vez cada cien años o todo de golpe. Pero repito, todavía todo el mundo quiere creer que no es así. Por eso las estrellas de TV tienen esas caras en los posters de las series.

Pasamos frente a fotos de Grey’s Anatomy, Modern Family y Good Morning America. Todos iguales. Ya no les brillan los ojos. Son figuras de Polietileno Tereftalato. Sonríen, pero esa sonrisa es ficticia, como la de una gente muriéndose de miedo a la que obligan a reírse a juro a menos que quieran quedarse sin trabajo. Están atrapados. Se les nota. Ellos también saben lo que está pasando.

“Coño de tu madre, tienes una semilla entre los dientes”

Jared nos recibe y nos conduce por los pasillos de una oficina que todavía está desierta. Jared es el asistente del asistente del asistente del asistente de alguien importante. Juro que sus pantalones son talla 26. Juro también que nunca había visto un hombre con una piel tan tersa en un rostro incapaz de moverse. El botox le permite establecer una conversación casual sobre el tráfico que él tampoco quiere tener y finalmente nos deja en la salita cómoda, pero diminuta, donde tendríamos la reunión. Jared recibe gente y tiene la misma conversación todos los días al menos cinco veces, pero no puede mostrar lo que siente, que son ganas de guindarse de un ventilador y morirse del fastidio, porque de toda esa gente que recibe, siempre es probable que una se convierta en la próxima estrella de televisión.

Los abrazos en Hollywood son distintos a los abrazos en cualquier otra parte. No tienen afecto, y después de un tiempo, tampoco tienen efecto. Son una ceremonia cotidiana, como subir escaleras o darle los buenos días a un desconocido. Cuando Lisa H. nos recibe, sin embargo, no lo sentimos así. El de ella es más bien cálido y particularmente entrañable, aunque sea la primera vez que nos ve. Yo sé cómo sobrevivirlos, pero para Maiah los abrazos son una cosa terrible. Siempre derivan en la ansiedad de no saber qué hacer al respecto. Nunca ha sabido cuánto tiempo abrazando es demasiado tiempo. Lo intenta, siempre, pero siempre, también, fracasa. Eso no evita que lo intente de nuevo, aunque estoy seguro de que un día ya no lo va a intentar más.

Esta vez el trópico aflora, se olvida de dónde está, y después de dar el abrazo, incluso se atreve con un beso en el cachete que nadie en este país sabe cómo recibir, mucho menos en esa salita antiséptica. La audacia de mi mujer deviene en ese momento embarazoso de dos segundos de “epa” y “ya va” con un bailecito, rematado con risas nerviosas y el inevitable silencio incómodo. Y todavía, creo yo, nadie se ha dado cuenta de la semilla que tengo en los dientes.

El inventario de lo que sabemos de Lisa H. se reduce a dos cosas: es una suerte de superhéroe que había llegado a tener esa posición comenzando desde muy abajo y tiene los brazos más jodidamente fit y bronceados de toda la plana ejecutiva del entretenimiento en Los Angeles. A Lisa H. la acompaña Tomii, una joven delgadísima, segunda al mando en ABC Daytime, que lleva consigo un cuadernito y sonrisa de muchacha que se sienta por gusto en la fila de adelante el primer día de clases.

La conversación es relajada y abarca desde Bar Mitzvahs hasta vacaciones en Fiji. Todo bien. Nos hablan y nosotros fingimos prestar atención, hasta que mis poderes telepáticos capturan la mente de Maiah gritándome que el poquito inglés que sabía se le acababa de olvidar. Le digo, mentalmente, que todo va a salir bien. Y ella responde, mentalmente también, que le gustaría tener un cuchillo escondido en la cartera para clavármelo en la boca cada vez que hablo y todo el mundo ve el pedazo de semilla negra gigante que tengo atrapada entre los colmillos.

“¿Por qué, Gabriel?”, retumba en mi cabeza. “¿Por qué de todos los días en los que pudiste haberte comido un bagel que ni siquiera te gusta tuviste que escoger el día cuando tenemos esta reunión?”, me grita, desde su mente atormentada, y entonces, de repente, Lisa voltea hacia Maiah y dice:

“Muy bien Maiah, ahora cuéntame sobre ti”.

V

En “Star Wars: A New Hope”, Luke Skywalker, granjero del espacio al que le llegan por casualidad un par de robots escapados del imperio galáctico, consigue, con ayuda de un contrabandista, una criatura que parece un perro gigante y un monje con poderes telepáticos, no sólo rescatar a una princesa del villano más grande de la historia, sino que también se monta en un avión que únicamente ha piloteado de mentira en videojuegos, y aunque el enemigo le daña el radar con un misil, y usando únicamente una cosa mística extraña a la que todo el mundo llama “la fuerza”, logra disparar a ciegas y meter un misil en un orificio minúsculo, imposible, destruyendo el arma militar más peligrosa de la galaxia y salvando al universo de las garras del lado oscuro.

Ni siquiera esta hazaña se compara con lo que hizo Maiah esa mañana en las oficinas de ABC.

Fue encantadora, grandielocuente y pasional, como una cantante que llega borracha a su propio concierto, y que aunque al pararse sobre el escenario no sabe ni dónde está ni se acuerda de ninguna letra, igualito se come al público, porque hay gente que nació para ser estrella incluso a pesar de ellos mismos.

Si este hubiese sido un concierto, Maiah se habría revolcado por el suelo como una iguana, habría escupido fuego y hecho que todo el anfiteatro cantara de principio a fin con ella. Habría roto la guitarra contra el escenario y se habría lanzado sobre la primera fila para surfear sobre ella de espaldas, sudada y con los ojos cerrados. Pero no es un concierto, es una fucking reunión con la Vicepresidente Ejecutiva de Disney-ABC, que no deja de mirarla mientras Tomii no para de anotar cosas en el cuadernito, y yo examino las caras de todos buscando una mueca de sospecha, algo, cualquier cosa, que nos advierta que se han dado cuenta, que nos hemos pasado, que tenemos que huir de ahí antes de que nos saquen con seguridad por hacerles perder el tiempo.

Alguien tendría que haberse dado cuenta, pero nadie lo hizo.

“Hay gente que nació para ser estrella incluso a pesar de ellos mismos.”

Maiah termina de hablar y todo el mundo se queda callado. Sus managers se miran entre sí, Lisa y Tomii se miran entre sí, y Maiah y yo nos quedamos viéndolas, aguantando la respiración, como cuando tratas de convencer a la policía de que no has hecho nada malo nunca jamás en la vida. Maiah mueve delicadamente la mano para tocar la mía y cuando Lisa se prepara para hablar, vuelve a clavarme las uñas en las manos.

“Esto es lo que va a pasar”, dice Lisa H. “Lo que va a pasar es que te vamos a ofrecer un contrato con nosotros para que seas host del proyecto más importante de ABC el año entrante. Te amamos desde que te vimos en un video que nos mandaron, pero necesitaba conocerte en persona para estar segura, y veo que no me equivoqué. Eres justo lo que necesitamos y tienes justo lo que estamos buscando. Por el Inglés no te preocupes. Te vamos a poner a tomar clases con un tutor privado para trabajar en tu acento, así como con otros tutores que te van a preparar para estar frente a millones de personas diariamente. Cuando ya podamos revelar más sobre el programa te vamos a traer de nuevo. Vamos a ocuparnos de todo el papeleo, y mientras aprendes, también vamos a pagarte un salario mientras el show sale al aire. ¿Qué te parece? ¿Cuándo puedes venirte a vivir a Los Angeles?”

Mi mano duele.

“¿Es en serio?”, pregunta Maiah.

“Totalmente, cariño. Te amamos”, dice Lisa H., sonriendo cálidamente.

Maiah y yo hablamos sobre cualquier cosa todo el tiempo. A veces hablamos de las noticias, a veces de lo que me pasó en la cola del supermercado o de las cosas locas que piensa cuando yo me quedo dormido en el sofá con mi cara en sus nalgas. Hablamos de las películas que queremos ver y que todavía no hemos encontrado el tiempo, de las cosas que tenemos que pagar, de que el estilo de decoración que le gusta ahora es mid-century décor, o de lo mucho que quiero comprarme una bicicleta nueva a la que no se le salgan las cadenas. Sin embargo, de lo que pasó ese día no hablamos. Al menos no como lo hacíamos antes. Ya no.

Ella sabe que mientras Lisa nos hablaba, me temblaban las manos y tenía los ojos aguarapados. Yo sé que a ella se le apagó el corazón por un segundo. No me lo dijo, simplemente lo sé. Ya te dije que es una cosa telepática loca la que compartimos.

Cuando le dijeron todo esto, que la iban a convertir en la estrella de televisión más grande de Estados Unidos, ella realmente no estaba prestando atención. Maiah se había ido a comprarle a su mamá la casa más grande posible. En algún lugar de su cabeza, se estaba dejando llevar por la posibilidad de una vida diferente. Estaba firmando autógrafos en la calle, sonriendo en las portadas de las revistas de chismes de los supermercados, dando entrevistas con Jimmy Kimmel, caminando Alfrombras Rojas en París y New York; y quería quedarse ahí por más tiempo, exprimiendo hasta el último segundo de un futuro imaginado que comenzaba ese momento, con la oferta que le estaban haciendo, pero yo seguía teniendo la semilla entre los dientes y es muy pero muy jodido dejar de pensar en ello.

Al salir, nos tomamos una foto en la entrada, como si de alguna manera tuviésemos que decirle al mundo entero lo que nos acababa de pasar, aunque Lisa nos había recordado mil veces antes de que terminara la reunión que no podíamos decir nada hasta que ABC lo anunciara primero. Sus managers nos tomaron la foto con su celular. Tuvieron que tirarse en el piso como un muchachito intentando que se viera todo lo que tenía que verse.

Subí la foto a Instagram con un quote de Eminem que decía: “Look, if you had one shot, or one opportunity to seize everything you ever wanted. One moment. Would you capture it or just let it slip?”.

Esa misma tarde regresamos a Chicago.

Maiah y yo apenas intercambiamos palabra camino al aeropuerto. Al llegar compramos unas revistas para leer durante el viaje y nos sentamos a esperar que nos llamaran para abordar. Comenzamos a movernos y me agarró la mano, sin dejar de mirar por la ventana. Cuando el avión despegó, de repente me apretó la mano muy fuerte, creo yo que más fuerte que nunca, como abrazando algo que no quieres que se te olvide. Esta vez no me clavó las uñas. Debe ser porque ya me había sacado la semilla de los dientes.


No sé que hacemos aquí es un libro y es una serie y es ninguna de esas dos cosas a la vez. Todo lo que te contaré en cada episodio pasó realmente. A veces serán historias de cómo logramos comernos el mundo cuando creíamos que todo estaba perdido, otra veces son cosas que hasta este momento nunca quisimos decirte. Creo que si mucha gente lo lee y lo comenta y lo comparte podemos lograr que se convierta en un libro de verdad, o tal vez, si cruzo los dedos y sigo soñando con imposibles, hasta en una serie. Por ahora, sólo queremos ser honestos ya que Internet es una mentira. Estos son nuestros fracasos, nuestros altos y bajos, y también nuestras victorias. Nuestro recuento de que como tú y como todos también la hemos pasado mal. Y de que a pesar de todo, aquí seguimos, sin rendirnos, y en mi caso, escribiendo la historia de mi persona favorita.

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