We Don't Belong Here

A Romantic Comedy
por
Maiah Ocando & Gabriel Torrelles

Capítulo 1: Es así como supo que su mamá estaba enferma y podía morirse

Por Gabriel Torrelles en 08 de marzo de 2018



Una comedia romántica sobre dos peces fuera del agua.

Escúchalo como audiolibro aquí abajo:

Suscríbete a este audiolibro en iTunes haciendo click aquí.

Suscríbete también en Spotify.

Art by Maiah Ocando

Cuando le dijeron lo de su mamá, Maiah estaba en Lima en medio de una sesión de fotos para una marca de maquillaje. Yo me enteré de la noticia cuando me envió los screenshots de la conversación con sus hermanos. Los mensajes decían que los resultados del examen médico mostraban algo malo y que había que realizarle una tomografía.

La llamé apenas lo supe, pero su teléfono repicó un millón de veces sin que atendiera. Después me dijo que fue que no pudo contestar, porque en cuanto le avisaron la llamaron al set para que saliera.

Así, con jet lag y el maquillaje recién hecho, en un viaje al que desde un principio nunca había querido ir, y con un montón de productores, maquilladores, estilistas, gente de la marca y fotógrafos esperando por ella, Maiah salió a tomarse las putas fotos de una buena vez.

La verdad es que nadie sabe qué hacer cuando le dan una noticia como esa. A lo mejor tú dejarías de hacer lo que estás haciendo y te montarías en un avión para volar a dónde sea; o le contarías así sea al taxista, al recepcionista del hotel, a quién sea. Pero tú no eres Maiah. Si a ti te para un policía de tránsito por pasarte una luz roja, tú no le vas a decir “feliz navidad” sabiendo que están en Junio. Tu cabeza no es ni remotamente así de laberíntica, ni tú eres así de rara, de compleja.

De lo de su mamá nunca hemos hablado con nadie, pero Maiah quería que fuera de lo primero que yo escribiera. Otros pueden hablar de sus viajes por el mundo y presumir de los miles de dólares que hacen al día. Otros pueden mostrar toda la ropa que les regalan en París, los lujos que le dan a sus mascotas, lo maravillosas que son sus vidas. Nosotros vamos a ver qué pasa si nos sacamos el corazón y lo ponemos ahí afuera para que todo el mundo lo vea, desamparado como una sonrisa suicida.

Maiah quería que lo contara todo, con pelos y señales. Así de una vez podríamos sacarnos de encima las expectativas de la gente que cree que uno decide contar su vida para dar lástima o para que lo quieran. Lo más honesto que te puedo decir es que al final no nos importa que la gente nos quiera.

Por supuesto que a Maiah se le rompió el corazón cuando pasó lo de su mamá, pero si cuando le dieron la noticia se hubiese tirado al suelo a llorar como una carajita, esta historia no sería más que otra historia de las miles de historias de gente normal, como tú y como yo, que todos los días se encuentra con que su vida, de repente, se ha convertido en una porquería gigantesca.

Como eso no fue lo que hizo, como nuestra heroína nunca hace lo que todo el mundo espera que haga, y como no hay nada más fastidioso que una gente lamentándose todo el día, voy a contar la historia del día que le dijeron que su mamá se moriría, pero lo haré distinto.

Lo haré como si fuera una fucking comedia.

II

“Ni yo misma soporto este olor a papa frita”, me escribe al teléfono. Cualquier persona que utilice productos para broncearse de mentira sabe que la calidad del bronceado es proporcional a lo desagradable del olor. Para pasar una semana en Perú, Maiah se echó el pote entero de un producto que la puso dorada como pescado en sartén. A cambio, la piel le quedará oliendo a fritanga hasta el sábado siguiente.

Saber que permanecería sentada por 8 horas y media en un vuelo directo desde Los Angeles hasta Lima, y que todo el mundo a su alrededor podría darse cuenta de que el olor viene de ella, tiene a Maiah a punto de tomar la decisión de esconderse en el baño por el resto de su vida, o al menos hasta que el avión que debe abordar se canse de llamarla, y finalmente, se fuera.

Desde Diciembre de 2007, cuando terminamos por cinco minutos y pasamos navidad y año nuevo separados, Maiah y yo no hemos estado más de 48 horas en lugares distintos. Ahora está por irse una semana entera para ser portada del catálogo de una de las marcas de maquillaje más grandes de Latinoamérica, y ella con un pie en el avión y yo con otro en la nevera, comprendemos que la extensión de nuestra tragedia es no saber cómo afectará este cataclismo a nuestra rutina.

Operativamente, el día de hoy es un completo desastre. Durante años yo he sido el que se ocupa de la logística de todas las cosas que necesitan planificación eficaz, como conseguir boletos de avión o pagar las cuentas; ella es la que se ocupa de que yo logre sobrevivir a los desafíos cotidianos que todos los días se presentan, y de que llegue vivo al día siguiente, sin que me atropellen los carros, me queme con los hornos o me golpee con el filo de las puertas.

Hay relaciones que evolucionan hasta que dos individuos se convierten en la misma persona. El engendro de la nuestra no es una persona, sino un monstruo con tentáculos horrendo, que amalgama lo peor de dos bichos co-dependientes en una criatura única y enfermiza.

Lo que somos es desagradable. Lo es para cualquiera menos para nosotros, porque para nosotros, esta es la única manera sostenible en la que podemos concebir la existencia. Para nosotros, repugnante de verdad sería que terminemos a demasiados metros de distancia el uno del otro, y por demasiado tiempo, porque así como tu laptop sin wi-fi es un pisapapeles plateado, nosotros dos sin el otro somos un par de fiambres que no servimos para nada apenas notamos nuestras ausencias.

Lee aquí el capítulo 3: Superhéroes

Que Maiah se vaya a Lima por tantos días es cortar siameses por la mitad con una motosierra. Lo más probable es que al regresar, Maiah me encuentre muerto en el piso de la sala, o en un escenario más optimista, que me consiga parado como un perro frente a la puerta. Yo estaría usando la misma ropa que tenía cuando ella se fue, y estaría catatónico e inmóvil, después de haber pasado días investigando la ubicación del jabón y el control del televisor, que jamás me di cuenta de que siempre estuvieron a la vista en una gaveta abierta.

Pero ese no es ni de lejos nuestro principal problema. Sí lo es que no sabemos si Maiah podrá irse siquiera. Todos los procesos concatenados a que tome un vuelo internacional sin mí son un desafío de sobrevivencia espiritual inquebrantable, mucho más para una montuna funcional como ella.

“Lo que somos es desagradable. Lo es para cualquiera menos para nosotros, porque para nosotros, esta es la única manera sostenible en la que podemos concebir existencia.”

Hay aspectos agravantes, por supuesto. Nuestra cuenta conjunta, la única que nos queda luego de haber perdido todas las demás, sólo tiene 66 dólares y 35 centavos. Todo el mundo nos debe dinero, como siempre, pero no nos lo pagan hasta el viernes, y acabamos de invertir todos nuestros ahorros en sacar de Venezuela a su sobrino, su hermana, dos de sus hermanos varones y su mamá.

Fue una decisión polémica. Hace meses que su mamá tiene un sangrado del que ningún doctor ha sido capaz de dar un diagnóstico coherente, y estamos esperando el resultado de un montón de exámenes que nos van a mandar, “cuando al laboratorio de Punto Fijo le dé la gana”, literalmente.

A la mamá de Maiah la obligamos a dejar todo lo que conoce: a su otro hijo varón, a sus hermanos, a sus otros tres nietos, y la forzamos a comenzar de cero, con más de sesenta años, en la ciudad de México, porque es un lugar que alguna vez nos imaginamos que a lo mejor le podría gustar.

Cada quién se inventa su propia coartada, y si no se pregunta mucho, capaz nadie se da cuenta. La nuestra es que alguna vez la escuchamos decir que le gustaría conocer a Marco Antonio Solís, y uno quiere creer, como para no sentirse tan mal con uno mismo, que puede que olvide todo lo que le duele y extraña tanto, y que la decisión que tomamos en contra de su voluntad tal vez no sea una decisión tan hija de puta, si de repente un día, eso de conocer a su Buki favorito llegase a ser verdad.

Porque lo otro, dejarla allá en ese monte en ruinas, es imposible. Nadie puede correr el riesgo de enfermarse en ese pozo sin fondo, donde ni siquiera se puede comprar una aspirina si te da una gripe. Y eso es sólo si hablamos de su mamá, que por supuesto no es el único melodrama que hay.

Hay un culebrón completo perdido en ese pueblo que se cree ciudad, y Maiah está tan pero tan lejos que ni siquiera entiende lo que quieren sus personajes. Sólo infiere que avanzan hacia ningún lado, y que todo el país corre con ellos hacia el mismo sitio. Los que pudieron ya se fueron, y los que no se han ido todavía, no saben si podrán algún día. Todos, los que siguen y los que ya no estamos, estamos terriblemente cansados. Nadie se va para querer seguir sabiendo, pero uno sigue, porque ha dejado demasiadas cosas atrás que no se pudo llevar.

El día que uno puede empacar lo que se le quedó, lo hace.

Nunca es suficiente, sin embargo. Con todo el dinero que hicimos el año anterior, sólo alcanzó para sacar a cinco. A Maiah le quedan como seis más y a mí sólo me queda una pero que vale por cincuenta. Y no es que uno quiera a unos más que a otros, es que hay situaciones ideales y realidades urgentes, y hay gente como su papá o mi mamá, que además, encima, es gente necia.

De cualquier forma, nunca se puede sacar a todo el mundo, y de eso hay suficiente evidencia. Comienzas con la familia cercana, y luego le vas agregando un alcance concéntrico y paulatino que cada vez se hace más difícil de abarcar, hasta que te das cuenta de que por más que lo intentes, no puedes salvarlos a todos.

Siempre vas a dejar a alguien detrás. Si no es a una prima, es a tus amigos de toda la vida; y si no es a tu familia, es al señor que te vendía las empanadas en la esquina, al que también, coño, tú sabes, le tienes cariño. La gente que quieres es un cienpies infinito. Ni siquiera ganando miles de dólares al mes, o metiendo las patas en el sueño americano, se puede conseguir lo imposible. No puedes meterlos a todos en una maleta, porque no hay maleta lo suficientemente grande para el tamaño de tus afectos.

Cuando te dan una buena noticia, cuando pones el culo en la arena de la playa para ver el atardecer, cuando te nominan para un premio, cuando subes a Internet una foto sonriendo, cuando estás sola, cuando estás acompañada, cuando estás en el baño, cuando estás en la cama, cuando estás en el aeropuerto a punto de viajar a cualquier lugar, la certeza de que hay gente a la que quieres y que ni siquiera cuando se muera vas a volver a ver, te asesina.

Y para rematar, cada vez que alguien se sienta a tu lado, lo primero que hace es preguntarse, primero sin estar muy seguro y luego completamente convencido, de dónde coño viene ese irritante olor a papa frita que lo está volviendo loco.

“No puedes meterlos a todos en una maleta, porque no hay maleta lo suficientemente grande para el tamaño de tus afectos.”

III

Pocas cosas son más engañosas que la ubicación de los asientos de los aviones. Si las aerolíneas fueran honestas al proporcionar esa información, los pasajeros podríamos asumir con responsabilidad nuestros errores al escoger los nuestros. Pero las aerolíneas y todos los hijos de puta que trabajan en ellas son unos sociópatas.

Maiah chequea sus maletas y nota que a pesar de haber solicitado volar en salida de emergencia, la han puesto en un puesto de pasillo. Al hacer la reservación le habían dado la opción viajar en Primera en otra aerolínea, pero cambiarse de avión de madrugada, con sueño y con riesgo de perderse el vuelo de conexión, era más aterrador que un asiento en Económica, al menos para ella.

Cuando reclama y pide que la pongan en el asiento correcto, los del mostrador la escuchan con paciencia y prometen hablar con la persona que por error tiene su puesto, a ver si quiere intercambiar con ella. Maiah igual está molesta, pero se siente satisfecha. Ha hecho la única cosa que ella siempre ha preferido no hacer por miedo a las consecuencias. Maiah, por principio, nunca antes en la vida se había atrevido a reclamarle a alguien que tenga cualquier tipo de poder sobre ella.

Se aleja del mostrador y compra una almohadita con $20 en efectivo que se encuentra en el bolsillo. Llama a su mamá a México y luego a mí, para hacer tiempo. Regresa al mostrador de la aerolínea. Le informan que han hablado con la persona que tenía su asiento y que han logrado hacer el cambio. Por supuesto, tanto ella como yo, cuando me cuenta, estamos felices de haber hecho funcionar el sistema en medio de tanta mala suerte. Reclamar es de valientes, porque nunca sabes si tendrás justicia.  También de idiotas, que corren ese riesgo.

“Se queda mirando el número del asiento, luego su pase de abordar, y luego mira a los lados. Hay un error. Algo está mal.”

Entrando al avión, Maiah me escribe para avisarme que se está quedando sin batería. Cuando pasa por Primera Clase, se pregunta por qué simplemente no pudieron ponerla a viajar en uno de esos asientos cómodos y gigantes, sin tener que hacer ninguna transferencia. Qué tan pichirre se puede ser para no pagar un pasaje en Primera Clase sin escalas, si no te están pagando por tomarte unas fotos para vender sus coloretes, digo yo, pero no me contesta.

Atraviesa el umbral que separa Primera Clase de Económica y busca su puesto.

Se queda mirando el número del asiento, luego su pase de abordar, y luego mira a los lados. Hay un error. Algo está mal. Maiah está segura de que está atrapada en un episodio de La Dimensión Desconocida que nunca salió al aire. Esto no es correcto

El asiento por el que montó un escándalo en el mostrador de la aerolínea es una aberración de diseño. Consiste en una suerte de mini cabina claustrofóbica donde ni siquiera ella, que mide 1 metro 55 cm, puede estirar las piernas por completo.

Con la gente detrás presionándola para que se quite o se siente, Maiah termina embutida como puede en ese calabozo volador, y luego se da cuenta, además, de que no tiene una pantalla de video para mantener la cordura por las siguientes 8 horas y media.

Lo único que tiene delante es una pared y un bulto mutante de plástico con forma de rueda que sale del suelo. El bulto le quita al menos el 40% del espacio extra que se supone que debería tener. La rodea una luz morada que no sabe dónde apagar, y cada vez que intenta rogarle a las aeromozas que por favor le digan cómo, o que al menos, por compasión, la maten de un palazo en la cabeza, estas la ignoran por completo. Están felices de darle su merecido. Así nunca más le quedan ganas de reclamar. Ahora tendrá que meterse por más de 8 horas en ese micro-infierno aeronáutico, hasta que la falta de espacio le machaque toda esperanza que le quede con firmeza.

El tipo que aceptó hacer el cambio de asiento, le pasa por el lado. Es un catire de casi dos metros con un sombrero de explorador. Lo más seguro es que se vaya a comer hongos en Cuzco. Si le hubiese tocado quedarse ahí, habría terminado por cortarse el cuello con los cuchillos de plástico que vienen con la cena. Pero fue inteligente, y al ver la oportunidad, no lo pensó dos veces para tomar su asiento de pasillo unas filas más atrás, donde ahora Maiah lo mira sentarse y estirar satisfecho las piernas.

Mientras tanto, con la rodilla derecha estripada al fuselaje y el lado izquierdo tomado por completo por un hijo de puta que no huele a papa frita sino a pupú, Maiah empieza a escribirme al teléfono diciéndome que lo primero que hará cuando regrese será matarme.

Sin embargo, no logra completar la amenaza, porque se queda sin pila, y cuando le pregunta a la aeromoza dónde cargar, esta hace contacto visual, pero, a propósito, no le contesta. Sólo la mira como diciendo “te vas a tener que quedar ahí sin películas, ni espacio, ni jueguitos, por ocho horas, maldita”.

El avión comienza a moverse y Maiah considera seriamente esperar a que estén en el aire para abrir la salida de emergencia y matarlos a todos en venganza por la tortura que está viviendo, pero se contiene. Prefiere mantener esa arrechera macerándose los próximos días, para que al regresar, en lugar de darme un abrazo, me arranque la cabeza.

IV

Mientras tanto en Los Angeles yo tengo mis propios problemas, porque de acuerdo a mis cálculos, en un par de semanas, si acaso tres, estaremos coqueteando con la indigencia.

Días atrás, sentados en el aeropuerto de Ciudad de México, después de gastar todo nuestro dinero mudando a la mitad de nuestra familia desde Venezuela, Maiah y yo tuvimos una seria conversación sobre nuestro futuro.

Habíamos decidido que ya no seguiríamos haciendo lo que estábamos haciendo, que era básicamente algo que desde el principio nunca habíamos querido hacer. Ella no haría más videos sobre cómo escoger la ropa según el puto tipo de cuerpo de nadie, y yo no seguiría creando cosas para que alguien más se hiciera millonario. Regresaríamos a nuestra casa en Los Angeles y mandaríamos todo a la mierda.

En el escritorio tengo aviso de corte para la electricidad, el gas, el Internet y el teléfono. La nevera no tiene comida, sólo mostaza y vinagre, y no sabemos de dónde vamos a sacar lo que hace falta para pagar la renta, pero habíamos hecho el compromiso de que este año teníamos que terminar de hacer lo que habíamos venido a hacer cuando nos vinimos aquí, y cuando uno hace un compromiso así, uno lo cumple, pase lo que pase, a menos que alguien se muera.

Por eso estoy en la computadora, porque mientras Maiah está de viaje se supone que debo escribir el guión de una idea increíble, la que sea.

Sin embargo estoy aquí, y se supone que soy un tipo increíblemente talentoso, que cada vez que abro la boca en una reunión todo lo que digo se convierte en un programa de televisión increíble. Se supone que cuando conozco a productores y agentes y cabezas de estudios, todos quedan encantados con mis ideas, así las explique con ese acento exótico incomprensible y con ese montón de disparates gramaticales que sólo provocan vergüenza. Pero cuando me quedo solo y llega la hora de verdad, cuando no tengo las luces de la casa encendida, sino el monitor de la computadora mostrándome el documento de Word vacío, lo único que soy es una puta mierda. No puedo escribir ni una miserable línea. Y me quedo ahí, viendo el computador, hasta que sale el sol.

Lee aquí “Capítulo 2: La cosa negra entre mis dientes”

V

Hace calor en Lima. Recogen a Maiah del aeropuerto en una van medio vieja con capacidad para quince personas, pero en la van no se monta más nadie sino ella. El conductor es un enano que no sabe abrir la puerta. Cuando la abre, activa la alarma del carro y todo el mundo a su alrededor los mira. Cuando la cierra, no encuentra la forma de abrirla otra vez. A duras penas lo hace, finalmente, y cuando sube, es tan pequeño que tiene que empotrarse en el asiento, como una gaveta mal puesta.

Maiah se sienta lo más atrás posible, y desde su puesto pareciera que la van no tiene conductor. Más sí que lo tiene, y maneja terrible, tirándole el carro a la gente, atravesándosele a las motos y pasando por encima de cada hueco que encuentra.

Al principio la vergüenza la carcome, pero luego se percata de que ya que las dos personas que van en el carro son enanas, la gente lo que debe creer es que ven un autobús fantasma que se conduce solo, y eso, dentro de todo el desastre, de alguna forma la contenta.

A pesar de las intenciones suicidas del chofer enano, Maiah llega al hotel completa. Después de más de doce horas viajando, no quiere contestar preguntas, no quiere avisarle a la gente de la marca que llegó, ni quiere contarles que le habían mandado un conductor que no sabía cerrar la puerta. Lo único que quiere en la vida es que su habitación no sea una pocilga, y no lo es.

“Ponte a ver. Tu único talento es pararte frente a una cámara y vivir.”

El hotel es genial. Es elegante pero moderno, y enfocado, sobre todas las cosas, en ofrecer una experiencia gastronómica inolvidable. Lo mejor es que todas las comidas y bebidas están incluidas, y desaprovechar eso teniendo un apetito tan voraz sería una vergüenza.

Cuando me tocó convencer a Maiah de hacer este viaje, esa fue definitivamente una carta que utilicé como argumento a mi favor. La comida peruana es su favorita, y si bien todo lo demás la incomodaba, desde viajar sin mí, hasta seguir haciendo cosas de YouTuber cuando habíamos decidido que ya nada de eso era para ella, lo único que necesito es dejar que pida un servicio de ceviche a la habitación, y dejar que el sabor de las canchas, el pescado y el limón dejen su huella.

Después de comer se da un baño caliente y nos quedamos hablando por horas, hasta que nos quedamos dormidos babeando con el teléfono en el cachete.

Maiah duerme, pero cuando yo despierto sé que las endorfinas de la comida no le iban a durar para siempre. No hay suficiente pescado al limón para ocultar lo evidente.

Todo este viaje, su ostentación y su altanería, es una exhibición de lo mucho que este negocio en el que estamos metidos se nos ha ido de las manos. Es una muestra de que todo lo que nos rodea está diseñado para hacernos sentir que a pesar de lo que creamos, en realidad no somos nadie, y que no valemos nada, y que si no hacemos estas cosas, nuestra vida no es más que una gran porquería. A fulana le sacaron un perfume, a mengana la metieron en una película, a sutana la tienen viajando por el mundo vendiendo champú, y todas esas podrías ser tú. Pero no lo eres.

No importa cuánto intente justificarse. Volar a tres muchachas desde varias partes del mundo hasta Lima para tomarles unas fotos es excesivo. No se lo merecen. No son especiales. No han salvado la vida de nadie. No han hecho nada, absolutamente nada, y el hecho de que estén ahí es infame.

Ya era indignante cuando las que volaban eran modelos gafas en vez de muchachas que hacen videos para YouTube, y lo seguirá siendo en el futuro, cuando las modelos de las fotos sean mutantes, robots, o plantas a la que le han operado las tetas. Lo que ofusca es la conchupancia insolente entre todos los involucrados. Todos somos unos sinvergüenzas.

Ponte a ver. Tu único talento es pararte frente a una cámara y vivir. Si respiras y tu existencia suscita la curiosidad de miles de personas, no tendrás que trabajar nunca más en tu vida. No tendrás que terminar la escuela o saber escribir para publicar un libro. No tienes que tener buen gusto ni buen humor. No tienes que ser guapo, ni siquiera ser coherente.  Si quieres que te tomen unas fotos para una marca de maquillaje, no es indispensable que sepas maquillarte bien. Sólo tienes que pararte frente a una cámara y vivir. Con eso es suficiente.

Con Maiah está Valeria, una muchachita peruana que estudia moda en Europa, y Laura, una talentosa y muy joven maquilladora profesional de Colombia que también vive en L.A y a la que han volado con todo y esposo. Laura, obviamente, es mejor que Maiah, porque a ella le llevaron al esposo y mí me dejaron aquí.

Encima, está lo evidente. La juventud de todo el mundo en comparación con Maiah es aún más estresante que el despropósito de tenerla ahí. Simplemente es de una generación distinta. No sabe por qué suena una canción y todo el mundo la celebra. No sabe cómo explicar que todos los músicos que escucha están muertos. No entiende lo que dicen, no comprende lo que piensan. Pero igual, de cualquier forma, las tres están ahí porque alguien del departamento de mercadeo piensa que venderán maquillajes si las que salen en la foto son ellas.

A lo mejor sí. Tal vez una muchacha en Honduras las ve en una foto y decide que sí, que quiere usar en la cara lo mismo que usan ellas. Pero seamos honestos. Hay un 50% de probabilidades de que tenerlas a ellas en un catálogo no sirva para nada. Quizás, en realidad, no hace ninguna diferencia si el maquillaje lo usa Maiah, o una artista de Hollywood, o un gorila con tutú.

Yo miro los billboards gigantes, los avisos de las revistas, las caras ultra retocadas de muchachas en los mostradores de las tiendas, y observo que nadie, absolutamente nadie, le presta atención a la foto de la youtuber a la que alguien se ha empeñado en sacarle una línea de labiales. Las muchachitas que compran llegan, agarran el color que le gusta, se empatucan la boca, y si les gusta lo que ven en el espejito de la esquina, se lo llevan, lo que me lleva a pensar que igual lo van a comprar, no importa quién coño se los venda.

Pero nadie se atreve a gritar que el emperador está desnudo. Y tampoco podemos juzgar a nadie por no hacerlo. Al final, si no eres tú el que se disfruta esta desfachatez, será otro, y seas tú o sea otro, eventualmente algún día se va a terminar la fiesta.

Alguien debería iniciar una revolución y gritar que todo lo que está pasando es una gran estafa, lo sé, pero sería como tirarle piedras a los aviones. Uno tiene sus propios problemas, y mucho más que eso, uno es demasiado flojo, o está demasiado cansado, y viejo y fastidiado, para pelear por peleas que no vale la pena pelear, sobre todo cuando igualito, pase lo pase, se van a perder.

Hay que dejar que pase, digo yo, como una tiene que dejar pase la muerte.

Un día alguien se dará cuenta de que todos somos culpables. Un día no bastará con que seas súper encantador y enigmático, sino que vas a tener que por lo menos saber hacer algo. Como Valeria, por ejemplo, que al menos tiene un talento arrollador para mezclar prendas con un gusto exquisito; o Laura, que tiene una maestría escalofriante para hacer maquillajes artísticos impresionantes de concurso. Pero Maiah, coño, Maiah, que no sabe ponerse sombra en los ojos sin mancharse, ni ella misma sabe qué carajo está haciendo en este viaje, porque su único talento es terminar, siempre por mi culpa, incómoda y confundida como cucaracha en baile de gallinas.

Ahorita, por ejemplo, Maiah, Valeria, Laura, su esposo y la gente de la marca están haciendo un tour por Lima, y el guía insiste en que si todos los que están ahí son adultos, deberían saber que “no hay nada malo en meterse cocaína”.

Maiah piensa lo peor de la situación en la que está, como siempre. Piensa que se montaron en el autobús equivocado y que los secuestró un psicópata folklórico y absolutista. Podría pasar, porque el que se supone que es el guía turístico definitivamente está jalado como gangster ruso en una fiesta de Steve Aoki. Si alguien le dice algo, lo insulta, y si alguien no dice nada, lo humilla. El autobús turístico no se detiene y nadie dice nada, pero todo el mundo en ese carro teme por su vida.

Maiah me escribe, aterrorizada, y me dice que la van a matar. Yo estoy en Los Angeles en una reunión de la que no me importa si me salgo, porque todo el mundo lo único que hace ahí es pretender que está prestando atención, así que me salgo al pasillo para llamarla, pero no me atiende.

Por supuesto que me preocupo. Luego me escribe de nuevo explicándome que no me atendió antes porque si el supuesto guía de verdad los fuera a matar, no sería buena idea que contestara el teléfono con él delante, y la escuchara contándome los detalles de su secuestro frente a toda la gente. Obviamente, Maiah no quiere ser la primera en morir. Eso nunca. Más bien trata de no tocarle las pelotas al guía, a ver si la ignora y descuartiza primero a la gente de la marca, que bien que se lo merece por haberla metido en eso, aunque si pudiera escoger, lo que Maiah preferiría es que me descuartizaran a mí, principalmente, por no estar ahí.

El grupo inicia lo que sin duda es un disparatado tour del terror por los restaurantes más deliciosos de Lima. Van a pie por el centro histórico de la ciudad, arreados como ganado por el guía asesino. Cada vez que llegan a un restaurante, son obligados a entrar a las patadas. Afortunadamente, cada restaurante sirve comida deliciosa de verdad. El problema es que se la tienen que comer a juro, porque el miedo a que los decapiten les ha quitado el hambre por completo.

Además de tragar apurados, el guía les ordena además que tomen fotos y las suban a Internet. Regañados, varios obedecen, no vaya a ser que si no hacen caso, quien se los coma a ellos sea él.

Mientras tanto, yo, a miles de kilómetros de distancia releo sus mensajes, y sinceramente creo que está exagerando. Pero no hay forma de estar seguro. Aunque sea cierto que Maiah es paranoica naturalmente, también lo es que pudiese estar diciendo la verdad, y podría ser que la esté diciendo cuando yo no le crea, justamente. Me quedo mirando el celular tratando de dilucidar cuál de mis teorías es la correcta, y noto que llevo casi una hora ahí parado, y que la gente dentro de la reunión me mira a través de la pared de cristal, como preguntándose: “¿qué carajo hace que no regresa?”.

“Bueno, si de verdad quieren saber, mi esposa ha sido secuestrada por un guía turístico en Perú, pero al menos está comiendo un ceviche divino”.

Milagrosamente, el día termina cuando el loco los devuelve a todos al hotel de una sola pieza.

No saben si es porque comieron demasiado o porque todavía se están muriendo de miedo, pero a todos les duele la cabeza.

Y apenas es lunes.

“No sabe nada de nada y el día comienza a sentirse como que es mejor fingir estar enferma y quedarse en cama.”

VI

Entre Lima y Los Angeles hay tres horas de diferencia. Quiere decir que cuando Maiah se está despertando, yo estoy embutido en mi rutina laboral de todos los días.

A las 9:00 am, Maiah todavía no sabe si las fotos son en interiores, en exteriores o a qué hora la van a pasar a buscar. No sabe si debe comer en el hotel o si habrá comida en el set. No sabe si la van a maquillar, como le dijeron la noche anterior, o si se va a tener que maquillar ella, como le dijeron en el correo que le mandaron esa misma mañana, contradiciendo el otro. No sabe nada de nada y el día comienza a sentirse como que es mejor fingir estar enferma y quedarse en cama.

Correos van y correos vienen, y el itinerario estricto sobre el cual había organizado su vida mentalmente conmigo la noche anterior, ha vuelto a cambiar por completo por sexta vez. Tiene que arreglarse a los coñazos, porque parece que alguien se equivocó y la pauta que estaba prevista para una hora la pusieron temprano sin justificación alguna.

Maiah está de nuevo en un carro con otro chofer suicida, que al parecer, corporativamente abundan. La única diferencia es que este no es enano, pero si hablamos de lo importante, la verdad es que maneja exactamente igual. Además mientras lo hace habla por teléfono, manda mensajes de texto y le tira el carro a los perros de la calle, a las viejitas y a toda la gente. Es un kamikaze multifacético. Maiah diría algo, porque con cada frenazo, se le detiene el corazón y está mareada, pero ya está cansada de pelear. Piensa que sería mejor si el carro se estrellara, de esta forma si la maldita sesión de fotos se cancela, nadie podría echarle la culpa a ella.

La ciudad está fresca y nublada, pero para ella igual es una imagen borrosa, porque en lo único que puede pensar es en que se está vomitando.

Hay una buena noticia, sin embargo.

En México, los hermanos de Maiah ya tienen los documentos en regla, que han costado un montón de pesos más. Celebramos por mensajito, pero la alegría dura poco, porque las nubes se van, el calor aprieta, el carro no tiene aire acondicionado y nada de esto hace que el chofer suicida se contenga.

Maiah llega por fin al horno donde la tienen que arreglar, aturdida por el viaje. Al teléfono, además, le queda sólo la mitad de la batería. Puede ser que el lugar inhóspito a dónde la han traído esté tan lejos que la batería del celular se le gastó hablando conmigo sin que nos diéramos cuenta del tiempo. Maiah y yo hablamos desde que comienza el día hasta que se acaba y ningún celular del mundo aguanta ese nivel de co-dependencia. Pero lo más seguro es que su celular sea un chiste, como también es un chiste que nuestra vida sea una vida de mierda.

A las 10:04 am llega a mi celular el screenshot de una conversación de Whatsapp de Maiah y su hermano:

Pedro Ocando: A mamá le salió algo malo en los exámenes. Comunícate con Mairy que es quién habló con el médico.

Maiah Ocando: Estoy atrapada en una sesión de fotos.

Pedro Ocando: Es urgente.

A las 10:06 am llega otro:

Mairy Ocando: Hola hermanita, ya me llamó el doctor por los exámenes.

Maiah Ocando: ¿Y qué te dijo?

Mairy Ocando: Es maligno en el cuello hacia el útero. Tiene que hacerse una tomografía a ver qué se debe hacer.

A las 10:18 am llega otro screenshot:

Maiah Ocando: Pero dime exactamente qué te dijo.

Mairy Ocando: Que tiene cáncer en el cuello y hacia el útero. La tomografía es para ver qué tan regado está y así ver si le ponen quimio y la operan, o si la tienen que operar de una vez.

VII

Es 26 de abril de 2005. Estoy en una fiesta. Hay demasiada gente pasándome al lado. La música está muy alta y todo el mundo me grita algo cuando pasa. No entiendo lo que me dicen, pero igual les grito de vuelta. Enciendo un cigarro para no sentir que estoy ahí parado haciendo nada, y entonces, de la nada, siento que me dan unos golpecitos en la espalda.

Volteo y lo que veo es una chama chiquitica que me dice, a pesar del escándalo, que el periódico donde escribo es una mierda. Me grita para que la escuche bien. Sé quién es. Lo sé porque me pasé la semana entera asegurándome de que le dieran la invitación para esta fiesta. Es la cantante que se montó conmigo en el ascensor cuando fue a mi oficina para que le hicieran una entrevista. Ella cree que yo no tengo idea y que me está llegando de sorpresa, pero está equivocada. Igual me hago el loco. Me le quedo mirando, atorrante como soy, como si no me entero de nada, y me da risa lo fúrica que está, pero trato de quedarme serio, porque creo que si digo algo me puede dar una coñaza con los puñitos minúsculos esos que tiene ella.

Pasamos la noche entera hablando. Era un evento mío, así que estoy seguro de que todo el mundo estuvo buscándome. Sin embargo, no pudieron encontrarme. Apenas tuve un chance la agarré de la mano para escondernos en un rincón detrás de la escalera, y nos quedamos ahí hasta que la discoteca comenzó a quedarse vacía cuando la fiesta se acabo.

Salimos y la calle está repleta de gente. Son las 3 de la mañana y nadie quiere irse a su casa. Cuando estoy a punto de pedir un taxi pasa un amigo en un Volkswagen viejo y me dice que si quiero que nos lleve a algún lado. La chama chiquitica se encoge de hombros y abre la puerta del carrito ella misma. En el carro la música está tan alta como en la fiesta. Estamos mareados. Ella tiene como cien mil vodkas encima y yo no puedo decir lo que tengo sin que me metan preso, pero contra todo pronóstico, llegamos al bar. Mi amigo me saca la lengua y arranca. No hay mucha más gente en la puerta.

“Nada nos gusta. Nada nos contenta. Odiamos todo lo que tenemos. Somos una gente horrenda.”

Compramos dos cervezas. El lugar es más oscuro, la música es distinta, no hay modelitos ni banqueros metiéndose cocaína. Todo el mundo huele a monte y a sudado, pero a nosotros no nos importa. Nos quedamos mirando en silencio un segundo, nos zampamos un trago de cerveza y la conversación es errática, compleja, intensa y fractal.

Cada cosa que decimos es moralmente incorrecta, pero seguimos diciéndolas porque cuando lo hacemos el otro se parte de risa. Son observaciones improvisadas, detalles de los que otra gente raramente se da cuenta. Todo lo malo del mundo. Todo lo que la gente finge que no le importa o que no se cuenta. Hablamos de las conspiraciones que nos acorralan y de las canciones que nos inundan. Somos paranoicos e ingeniosos. Somos humanos terribles. La gente no tiene una cita y dice las cosas que nosotros estamos diciendo. Te darían una cachetada, se pararían de la mesa. Nada nos gusta. Nada nos contenta. Odiamos todo lo que tenemos. Somos una gente horrenda.

Pero es extraño y fascinante. La chama chiquitica entiende todas mis referencias. No tengo que explicarle nada. No tengo que buscar ejemplos de cosas idiotas para que entienda. Somos dos niños diciendo insultos en un idioma inventado que nadie más comprende. Estamos jugando a algo, pero no sabemos muy bien a qué. Sólo sabemos que nos gusta.

En algún momento alguno de los dos va a tener que irse a su casa, pero no ahora. Estamos en otro tren de pensamiento, armando una cosa ahí hecha con su risa y sus cuentos y la manera en la que se despeina cuando algo que escucha, o alguien le pasa cerca, le molesta, y yo necesito dejar que me lleve a donde quiera llevarme y quedarme ahí, como un vampiro al que le fastidia que salga el sol.

Ponen otra canción que nos gusta. Tenemos unos borrachos bailándonos al lado y el piso huele a vómito de punketo. Estamos discutiendo algo. Creo que acaba de decirme que odia mi camisa. Es una camisa nueva azul turquesa que me compré especialmente para la fiesta. A mí me gusta. Le digo que quería verme decente, pero ella insiste en que me veo como un cantante de salsa. Le digo que no sabe nada de moda ni de nada, y me escupe un chorro de cerveza en la cara manchándome la camisa. Se me queda mirando sin decir nada, como esperando que me arreche, y se ríe, retándome, a ver si me indigno y me voy.

Pero me río con ella, y ahí, sin pensarlo mucho, la beso y se queda quieta.

Nos vamos caminando hacia su casa, que queda cerca. La chama chiquitica vive en una residencia donde comparte habitación con una maldita que no se baña. No nos agarramos de la mano ni nos decimos cosas pavosas. Caminamos payaseando y diciendo incoherencias. La chama chiquitica no para. Se burla de mi camisa manchada y yo me burlo de la ropa nefasta que lleva puesta. Se burla de la gente que se enamora y yo me burlo de la gente que vive en residencias. Se burla de la gente que nació en la ciudad y yo de la que viene del campo. Muy probablemente, también nos burlamos de ti.

Nos volvemos a besar en la puerta de su residencia. Son casi las 6 de la mañana y el sol está a punto de salir. En Caracas esta es la hora en la que coinciden al mismo tiempo los borrachos y los recogelatas. Todo lo que está alrededor está sucio, todos los peligros del mundo están cerca, pero a mí no me importa. Antes de irme, cuando la veo subir las escaleras para meterse a su cuarto, me doy cuenta de que esto es algo que puedo hacer siempre. Verla payaseando para hacerme reír.

La veo subir las escaleras y lo pienso. Me puede funcionar en un futuro cuando me boten del trabajo, o con cosas estúpidas, como los días en los que ninguno de los dos quiera levantarse de la cama para verle la cara a la gente. Me puede ser útil si se enferma, o si me llaman del banco para cobrarme todo el dinero que le voy a deber, o si un día nos llega una carta de desalojo en la que nos dicen que tenemos tres días para irnos de nuestro apartamento, que seguro hemos dejado de pagar para comer panquecas en nuestro restaurante favorito. Me puede servir si un día se muere mi papá y no hay nada que alguien pueda decirme que pueda hacerme feliz, y entonces ella dice una estupidez y yo no puedo parar de reírme. Es algo que puedo usar si un día le dicen que su mamá tiene cáncer. No puedo evitar que suceda, porque el futuro es repentino e impostergable, pero al menos uno puede tratar de hacer que suene distinto. Cuando toque, tocará. Pero si más tarde se despierta y no se arrepiente de esta noche, y si mañana nos volvemos a ver, un día, si le llegasen a decir que su mamá tiene cáncer, me podrás encontrar ahí, payaseando.

La veo subir las escaleras y me siento invencible.

Saca la llave, la mete en la cerradura, abre la puerta, espera un instante y se voltea hacia mí.

Sonríe y no hace nada más. Sólo se muerde la boca y se va.

VIII

Sí suena distinto. La palabra cáncer es extraña. Nunca se escucha como si se la estuviesen diciendo a uno. Suena terrible, definitiva, pero lejana. Es algo que le pasa a otra gente, siempre. El día que te pasa a ti, lo que provoca es cansancio. De repente, se te quitan las ganas de todo. Nadie escucha la palabra cáncer como una palabra de verdad hasta que se te atraviesa tanto que no puedes evitarlo. Como palabra es una zorra egocéntrica. Como enfermedad es incluso peor.

Maiah quiere ignorarla, pero no puede. Es como que se te rompa una tubería de repente e intentes tapar el hueco con las manos para que no se te inunde la casa. Cuando te das cuenta, siempre tuviste los pies mojados. Maiah, vestida, maquillada y lista para que le tomen la foto de portada, está jodida, porque no se pueden parar las desgracias. Pero si uno busca bien, entre los recibos médicos y las noches sin dormir, entre los aviones y los hospitales, siempre se puede encontrar la comedia que esconden todas las tragedias.

Como nuestro video viral favorito de la vida, uno viejísimo llamado “afro ninja”.

El video dura 19 segundos. Su protagonista es un muchacho con un afro y unos nunchakus. El muchacho está ahí para ejecutar una acrobacia. Lo que quiere “afro ninja” es dar una voltereta hacia atrás y caer parado. Cuando “afro ninja” lo intenta, la proeza sale mal y cae de boca, pegándose en la cara tremendo trancazo.

Pero “afro ninja” no se rinde. A pesar de estar todavía aturdido por el estrépito de la caída, nuestro héroe intenta levantarse del suelo agitando sus nunchakus, como si no hubiese pasado nada, como si hubiese estado planificado siempre. Sin embargo, el golpe lo deja tan desconcertado que por más que pretenda ignorar su fracaso inevitable, “afro ninja” pierde el poco balance que le queda y cae definitivamente, llevándose por delante todo lo que encuentra.

“Afro ninja” es el drama de la vida. Verlo caer y partirse la cara contra el piso no es gracioso. Gracioso es verlo tratar de levantarse y seguir adelante, aunque falle solemnemente.

Desde que lo vemos aparecer en pantalla lo sabemos. Su arrogancia es tan grande y desproporcionada a su talento verdadero, que lo único que queremos es verlo intentar. “Afro ninja” quiere lograr la pirueta a como dé lugar, incluso después de caerse de boca, porque cuando tu determinación es tan férrea, ni siquiera se te pasa por la cabeza renunciar.

Cualquiera se habría quedado tumbado en el piso, pero entonces no tendríamos una historia que contar. Si me preguntas, estoy cansado de la gente a la que todo le sale bien, porque esa gente no existe, sólo nos miente. Prefiero mil veces al “afro ninja” rompiéndose la cara y seguir adelante.

Desde el principio tenemos la batalla perdida, con los sueños, con el puto cáncer, con la vida misma, pero los héroes de verdad se rehúsan a renunciar. Son como “afro ninja” y como Maiah y como tú y como yo, que van tratando, intentando y fracasando hasta triunfar, mientras nos reímos juntos de esta broma infinita.

Maiah regresa al hotel tarde en la noche. Unos meses después, cuando vemos las fotos, parece mentira que se las hayan tomado ese día. Está preciosa. Para mí es la más bonita de las tres, pero yo no soy imparcial, sólo soy honesto.

Está agotada. Tiene todo el menú a su disposición, pero no tiene hambre. Me pasé el día hablando con los doctores y consiguiendo dinero. No tenemos ahorros ni seguro médico. Hablé con demasiada gente, más de la que hubiese querido, y aún así me las arreglé para ser lo más discreto posible. Cuando finalmente hablamos por teléfono, tengo casi todo lo que se necesita para comenzar el tratamiento.

Hablamos de cosas triviales de la sesión de fotos, dando vueltas para no caer en la conversación inevitable. Cuando llegamos a ella, no perdemos el tiempo lamentándonos. Le digo todo lo que hice en un día, le prometo que lo vamos a resolver y me cree. Igual, siento que puede verme al otro lado de la línea agitando los nunchakus.

Luego nos quedamos en silencio. Los dos sabemos lo que el otro está pensando, pero ninguno de los dos lo dice en voz alta. Al rato me dice:

“¿Sabes? No tengo ni una sola foto bonita turística en Lima. Ayer fuimos a todos lados y ninguno pudo tomarme una foto. Nadie me va a creer que estuve aquí”.

“Vamos a tener que montarte en Photoshop en Machu Pichu o una vaina de esas a ver si te creen”, digo yo.

Maiah comienza a reírse de mi estupidez, primero tímidamente, y después a carcajadas. Luego comienzo a reírme yo. Allí estamos en el teléfono muertos de la risa, y entonces ninguno de los dos dice más nada. No hace falta.


No sé que hacemos aquí es un libro y es una serie y es ninguna de esas dos cosas a la vez. Todo lo que te contaré en cada episodio pasó realmente. A veces serán historias de cómo logramos comernos el mundo cuando creíamos que todo estaba perdido, otra veces son cosas que hasta este momento nunca quisimos decirte. Creo que si mucha gente lo lee y lo comenta y lo comparte podemos lograr que se convierta en un libro de verdad, o tal vez, si cruzo los dedos y sigo soñando con imposibles, hasta en una serie. Por ahora, sólo queremos ser honestos ya que Internet es una mentira. Estos son nuestros fracasos, nuestros altos y bajos, y también nuestras victorias. Nuestro recuento de que como tú y como todos también la hemos pasado mal. Y de que a pesar de todo, aquí seguimos, sin rendirnos, y en mi caso, escribiendo la historia de mi persona favorita.

Comments

comments

Historias Relacionadas